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– Si ganan éstos otra vez me voy a la mierda del país

– ¿Y a dónde carajos nos vamos a ir si no tenemos un mango?

(Charla entre dos amigos, adultos jóvenes, el lunes por la tarde, cerca de Beltrán y la costa)

 

No soy bueno con la intuición. La verdad soy un pésimo intérprete de la realidad, a menos que me siente un par de horas para analizarla. Por ejemplo, la última vez que estuve en pareja, me tomó dos meses darme cuenta que la relación ya no funcionaba y estaba destinada al fracaso. Con la futurología me sucede otro tanto. Me resulta muy complejo predecir los sucesos que anden con cierta gana de concretarse. Necesito lo concreto y funciono en el pasado, qué va. Por eso, ante las insistentes consultas de amigues y familiares sobré qué carajos puede pasar en las elecciones del domingo, mi respuesta poco intuitiva y mucho menos presagista es: habrá que ver. Eso, necesito ver qué pasa para poder intuir algo y pensar en el futuro pero, claro, ya sería tarde y no tendría el mismo valor. Por eso tampoco sería buen economista y sí un pésimo apostador…

 Recuerdo un día de sol, en pleno invierno, subido al techo de chapa de una casa en el barrio Las Dalias. Estaba sentado, si la memoria no me engaña y el perro se sentó en el rincón adecuado, junto a un amigo. Era el fin de una tarde fría, pero con cielo despejado. Habíamos terminado de subir el tanque de agua y estábamos matados por haber cinchado con la maldita base de concreto, que funciona de sostén inamovible del preciado acumulador de agua. Nos quedamos mirando el horizonte esos colores entre rojizo, amarillo y azulado que suelen regalarnos los lindos días. Como sea, tal vez por esa obligación de especie, que en verdad es una función obligatoria en el lenguaje, alguno de los dos dijo: “Qué zarpado atardecer”, y el otro le contestó, con total obviedad poética: “Posta, está increíble”. Años más tarde me sigo preguntando, ¿era lindo el atardecer? ¿O era eso lo que se esperaba que pensáramos? ¿Quién esperaba que pensáramos eso y para qué? Lástima no ser una persona intuitiva para poder disfrutar mejor de los atardeceres, siempre parecidos, siempre distintos. Era un sábado, de eso estoy seguro, porque al otro día había que ir a votar. No se palpaba una ansiedad ni parecida a la de esta semana, les candidates no entusiasmaban demasiado y se rumoreaba que el partido de derecha iba a ganar. Todavía no habían “pasado cosas”, todavía no se intuía ninguna de las “tormentas” que se avecinaban. La primera, fue la derrota de todo el frente de izquierda, centro y centro izquierda en el país. Pero no me adelanto:

Seguimos en el techo, con la chapa ya congelada y la luna apareciendo. Me dolían las manos, me había cortado con la chapa por hacer fuerza con cierta torpeza para acomodar la base de concreto del tanque. Tan trascendente, esa base dura y áspera. El riesgo es colocarla descentrada, mal equilibrada, porque una vez puesto el tanque no hay vuelta atrás. Se comienza la carga y si está desbalanceada se va toda la estructura al patio del vecino, un albañil que se había venido de Bolivia, hacía ya diez años. Por ese entonces, mientras colocábamos el tanque esa tarde, el tipo laburaba en obras de construcción por cuenta propia. Tenía un lindo coche y se había podido terminar la casa sin mayor esfuerzo, con parrilla y todo. Vivía con su mujer y su hija, se hacía un asado todos los domingos, se tomaba algún buen vino y volvía a empezar la semana. Claro, la intuición a veces nos falla a todes, y después actuamos en nuestra propia contra. Porque si uno pasa hoy podrá observar los vestigios del pasado, los restos del tiempo mejor que ya no sirven de consuelo. Porque hoy ya no tiene laburo propio, tiene que regalarse a cualquier patrón explotador por dos mangos, ahora ya no está su mujer con su hija en su casa, ahora pasa mucho tiempo viendo sólo cómo las paredes y el techo se le vienen abajo, cómo el auto acumula óxido antes de ser regalado al primer postor. Ahora el asado no existe y el vino es una bebida blanca de muy mala calidad, consumida todos los días, no por placer, sino sólo para olvidar el presente…

Seguimos en el techo, seguro que en la casa de al lado mañana domingo hay asado, después de ir a votar. “¿Qué pasará?” Me pregunta mi amigo “¿Quién va a ganar?”. Yo miro el horizonte, por última vez ese día. Ya no hay tantos colores, sino que la oscuridad comienza a posarse sobre los techos y los ojos del barrio y sus habitantes. Me encantaría poder decirte que el domingo vamos a ganar, que el país va a tener un futuro próspero, que va a haber laburo para todes, etc. Pero lo escribo, lo pienso, lo siento, y no puedo asegurarlo. Las tardes no son lindas porque sí, hay que inventar y luchar por las palabras adecuadas para poder interpretarlas de esa manera. Y, sobre todo, necesitamos compartirlas con un otre…

Entonces no voy a apostar, no te voy a decir quién va a ganar el domingo las elecciones, no voy a repasar encuestas y mucho menos analizar discursos de cierre de campaña. No soy bueno para eso. Sí te aconsejo un par de cosas, tal vez tres:

1) No le hagas caso a tu intuición y tratá de razonar, como puedas, como te salga, siempre pensando en lo mejor para la sociedad que habitás.

2) No te dejes llevar por futurólogos de turno. Votá a conciencia y, si cabe, en defensa de tus seres queridos y aquellos que están sufriendo el invierno desprotegidos y abandonados por el Estado.

3) Ya que el Estado somos todxs, aferrate a tu derecho para transformar nuestras relaciones sociales y humanas con el voto. Sería el primer paso, para dar los otros tenemos un poco más de tiempo.

 

*Alargamiento: para concluir esta reflexión – o lo que sea, sentite libre de leer con el registro que te plazca – escuchemos juntos la siguiente música antes de ir a votar, en una de esas estamos en la misma frecuencia…

  • Humildemente, Scardanelli. Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

 

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