La muerte tiene permiso

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No, soy felíz

(¿Soy felíz?)

¡Soy feliz!

(¿Soy feliz?)

¡No, esto no es felicidad!

(¿Qué es la felicidad?)

¡Este no es mi verdadero yo!, ¡Pero me engaño a mí misma!

– No podemos seguir con nuestras vidas si no lo hacemos, nos asustamos si no estamos con los demás.

La escena corresponde al penúltimo capítulo de la serie de animé Evangelion, uno de los que forma parte del final más extraño y genial que dio una serie nipona. En este fragmento, uno de los personajes principales, la comandante Misato Katsuragi, está sentada en una silla, en medio de una sala totalmente oscura, iluminada de cuerpo entero por una luz circular. Se encuentra en clara posición de interrogatorio, pero se trata de uno que sucede en su interior, con ella misma. Es ella quien afirma y es ella quien se re pregunta, quien bucea en su inconsciente, quien decide dejar de lado la máscara con la que actuó siempre para protegerse y hallar por fin una verdad. Y como se sabe, la verdad duele pero no tiene remedio. En eso están todes les personajes de la serie, buceando dentro de sus mentes para ver por qué no pueden activar sus corazones, por qué sienten todo el tiempo que algo les falta, por qué se aferran a lo que saben que es mentira, por qué el miedo a aceptar las cosas…y sí, aceptar ese pequeño inconveniente existencial con el que nacemos y vivimos: somos los únicos seres en el cosmos – al menos hasta hoy – que sabemos que vamos a morir. De ahí la angustia con la que cargamos, de ahí la búsqueda de sentido constante, de ahí nuestra imperiosa necesidad de encontrar un sentido a la vida, de ahí nuestro intento por no estar solos, compartir ese peso y ver qué pasa. Pero bueno, hay cosas que van transcurriendo, que moldean nuestra realidad y que impactan en nuestra mente y cuerpo. En el caso de la serie, creada por Hideaki Anno en los ochenta, estamos a la salida de una gran crisis económica en Japón provocada por la burbuja inmobiliaria, un clásico del capitalismo neoliberal. No importa cuándo y dónde se habite el mundo, si el Sistema es ese en algún momento estalla la famosa burbuja y todo vuela por los aires. Cuando eso pasa, quedan grandes huellas. Eso nos muestra la serie, a pesar de que se sitúe en una Tokio post apocalíptica treinta años más adelante. Ahora la ciudad es una suerte de diminuto espacio que vive en constante riesgo de destrucción, y que se acostumbró a enterrarse – literalmente los edificios se protegen enterrándose a sí mismos – para poder sobrevivir a los impactos de los enemigos. El nuevo-viejo lugar y el nueovo-predecible contexto donde los seres humanos buscan reconstruirse emocionalmente. Y para eso tratan de generar vínculos, pero están dañados. Y como para poder subsistir dejaron que la industria de la defensa militar crease armas cada vez más tecnológicas, bueno, aparecieron unos robots/androides que son más humanos que los propios humanos, con todo lo que estos pueden tener de violentos, caprichosos y vengativos. Los EVAs (nombre de las máquinas) aman más a los humanos que los humanos mismos, gran paradoja que plantea la serie. No quieren independizarse y destruirlos, sino que por el contrario intentan conectarse todo el tiempo con ellos. Esto se extiende a los enemigos, llamados “angeles”, que también son una especie de robots que caen del cielo, pero que son más humanos que los humanos, aunque no tengan la forma externa ni remotamente parecida. Y toda la carga de la humanidad cae sobre los humanos, y ese es el problema. Todavía más agravado si el “héroe” encargado de salvar a la humanidad es un adolescente de catorce años que no le encuentra sentido a la vida, que no puede relacionarse con los demás y que ni siquiera tiene voluntad para matarse.

Demasiado para esta ola polar que le hace honor al momento del año más frío en el hemisferio sur. Eso que llamamos invierno. Y acá sentado en la vereda del sol – que aparece a intervalos – esperando la nieve que siempre se anuncia y nunca llega, veo extinguirse la tarde en el Barrio Rivadavia con un frío (casi)insoportable. Entonces pienso en ese título de un relato de un escritor mexicano que no viene al caso, pero que justo hoy leí en una nota del poeta Efraín Huerta: La muerte tiene permiso. Sería este el caso, el invierno es ese momento en que se bajan todas las defensas, es el momento en el que nos damos cuenta que la cagamos, que no tendríamos que haber votado lo que votamos la última vez, que no está bueno ver gente dormir en la calle porque sabemos que la noche en la ciudad (in)feliz es tan oscura como fría, que castiga exageradamente a les expulsades del Sistema inhumano que creamos…y sí que me siento esta noche como Misato Katsuragi, sentado en el medio de una habitación oscura, alumbrado por un círculo de luz y expuesto a mis propias culpas: ¿Cómo ser feliz sabiendo que hay gente que la está pasando mal? ¿Cómo encontrarle un sentido a la vida si sucede tamaña injusticia?

Pero no todo es tan negativo. Como sucede en la serie, tal vez, es hora de re-conectar, hora de pensar que una vez encontrada la verdad – por dolorosa que sea – se puede hacer algo para transformar la realidad. Esa caprichosa y aleatoria historieta que nos hicieron creer desde el momento en el que empezamos a decir las primeras palabras, que no siempre son papá y mamá. La realidad es eso que nos viene dado, pero que aunque es inmutable sincrónicamente, es perfectamente mutable diacrónicamente. Esto quiere decir que, aunque esta oscura y fría noche no pueda hacer nada para combatir las injusticias, mañana sí que voy a tener esa oportunidad. Será cuestión de estar atentes, abrir los corazones y no ser tan miserables con les demás.

Quizá sea lo mejor que se me ocurre esta noche, ya se habló demasiado del eclipse, del partido de Brasil y Argentina, del tratado de libre comercio UE – Mercosur, de las estafas del “gamer” y Viglione, del (des)peinado de Patricia Bullrich, de la nueva(vieja) temporada de Stranger Things – una lectura superficial y medíatica de la década del ochenta en Estados Unidos – y de otras cosas que prefiero ni nombrar. Sin más, buena semana y a mantener abrigados cuerpo y corazón, que nadie necesita de tu mala leche:

*Y como alargamiento dejo una música que me hizo llorar ayer a la noche, confieso feliz. Porque es hermoso cuando una obra de arte nos toca esa fibra, que activa una emoción tan incontenible que solo las lágrimas pueden explicar. Se trata de Canon en Re mayor de Johann Pachelbel, que forma parte de la música de la película de Evangelion: Death true. Es interpretada cuando los cuatro jóvenes de la historia se juntan metafóricamente en una sala, cada uno con un instrumento, para corroborar si pueden encontrar una misma frecuencia en medio del caos y el dolor:

 

Maldita sea, me hizo llorar otra vez.

Colgate mirando la foto del mar,

escuchate la música otra vez

y listo.

Repetir cuando te sientas ansiose y desesperade…

 

*Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

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