La historia enseña, pero no tiene alumnos

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Por Juan M Penino

La frase de Gramsci puede ser detonadora de algunas cuestiones importantes en la vida de una persona. En el caso de Jerry, digamos que funciona… parcialmente. Bueno sí, la historia con mayúsculas casi siempre repite temáticas. Por ahí algunas temporadas – choreando el término del campo de las series televisivas – tienden a parecerse demasiado. Sobre todo a partir de la cuarta en adelante, cuando los capítulos pierden un poco el sentido y los personajes nuevos son una suerte de refrito de los primeros, o los que habían quedado perdidos primitivamente reaparecen como diciendo “Ok, tratemos de recuperar aquel primer encanto”. Pero el romance en estado puro nunca vuelve. En ese momento solo sirve el desenlace crudo, a quemar las naves todas juntas en un gran finale que…por lo general, termina por defraudar a todo el público fan. Bueno, pero siempre nos quedará París, donde empezó todo… Todo esto le generó una pregunta a Jerry que, enfermo desde su cama el fin de semana, decidió castigarse con La casa de papel: ¿Cuánto tiempo más se va a extender el golpe? ¿Hasta cuándo los trajes rojos con las caretas de Dalí? ¿Cuántas veces más le van a dar el mando a Berlín, para después volver a dejarlo atado en una silla? ¿Cuántos complots más cranearía el bueno de Arturito? ¿Cuántos flash backs soportaría la casa de campo en la que se entrenara el grupo? ¿Cuántas veces más zafaría con lo justo, por un pelito, el profesor? ¿Cuántos engaños más soportaría la policía? Y, a partir de acá, muchos etcéteras. Ahora, la respuesta, pende del hilo de Netflix, la gran multinacional de las ficciones. Jerry se preguntaba si su vida no habría sido comprada por Netflix también, si todo el barrio Rivadavia no estaría en una de esas series de narcos y dirigentes políticos corruptos e inescrupulosos.

Dejando de lado aquello, la serie no le desagradó tanto. La ristra de “homenajes” a películas yanquis sí que le rompió un poco los huevos, pero aprovechó para repasar, esa misma noche, la referencia más obvia: El golpe. Por supuesto, lo primero que aparece de esa película es la musiquita del piano, un verdadero clásico cinematográfico. Y luego la pinta de Robert Redford. Y luego la elegancia de Paul Newman. Y luego una escena que parece intrascendente, pero que está lejos de serlo, al menos para Jerry. Y tiene que ver con lo bueno de una película, o de una serie, o de un corto, o de una historia que se cuente en cualquier formato. La situación que se describe es la siguiente: el gran villano de la película – que está llena de timadores y ladrones de medio pelo – es un mafioso adicto, tanto a la timba como a la trampa, genialmente interpretado por Robert Shaw . Rodeado de garcas a su altura, con distintos cargos en la vida pública de la ciudad, se va a jugar al golf. Allí, uno de sus matones se acerca mientras él ensaya un golpe y una sonrisa falsa para algún que otro estafador de alto vuelo que juega a su lado. Jefe, le dice, qué hacemos con Robert Redford – es obvio que acá utiliza su nombre de ficción: Jhonny Hooker  – que es un cabo suelto en un caso de estafa callejera, de poca monta “Lo liquidamos?”. El mafioso no contesta directamente, porque esto no es una mala película, no es una mala historia. Las buenas ficciones tienen que dar algo más que lo que ofrece la mera realidad, aunque estén reflejando una historia posible, aunque la trama sea verosímil. Entonces, empieza el juego más lindo del cine. El mafioso le pide que se acerque, le susurra al oído una explicación que viene con trampa:

  • “Ves a aquel tipo que está ahí, de sweater rojo. Se llama Denny Mackoi, trabaja para Carmelo – un mafioso más importante – en uno de sus negocios de protección, mientras espera que se le presente algo mejor. Denny y yo nos conocemos desde que teníamos seis años…Fíjate bien en su cara, Floyd. Si llegara a descubrir que puedo ser vencido por un timador callejero perdería mi prestigio. Y tendrías que matarle como a cualquier maleante que metiera sus narices en mis asuntos de Chicago ¿Has entendido?”

  • “Sí, claro”

  • “Buen chico”

Durante el breve diálogo, la cámara va hacia Denny y vuelve con el mafioso acompañándolo al green, donde ensaya un tiro incomodado por la cojera que lo tiene a mal traer desde el inicio de la película.

¿Y esa es la escena que más recuerda de la película Jerry? ¿Qué tiene de relevante? Rápido, al voleo, el director, el guionista, podrían haber resuelto todo con un “Sí matalo, narigón. A Robert Redford hay que matarlo” Y eso hubiese producido una escena olvidable e incompleta, casi carente de sentido. A lo mejor, hasta hubiese condenado la película al más oprobioso de los olvidos. Por suerte, eso no sucedió.

Jerry se quedó pensando en las críticas que sus amigos le habían hecho de La casa de papel:

  • Es muy predecible.
  • No puedo entusiasmarme con una serie gallega.
  • Demasiadas referencias a los policiales norteamericanos.
  • Muchos capítulos al pedo.

Todos testimonios bien reales, del barrio, tan válidos como los de cualquier crítico/a. Respecto a lo primero, resulta tan predecible como lo es cualquier serie policial, de suspenso. No diría que la originalidad es el fuerte de la serie, mejor buscar en otro lado. El segundo motivo es un poco xenófobo, no hay mucho que decir salvo que, ay, el imperialismo cultural nos tiene bien educados para mirar primero que todo a las producciones imperiales – estas son, claro está, Estados Unidos / Inglaterra / Francia – La tercera, pensó Jerry, es con la que más acordaba. Si un pecado comete la serie española es el exceso de atracción hacia la referencia hollywoodense, que paradójicamente es su fuerte para lograr la atención mundial – funciona para promocionar, “ojo que esta serie está a la altura de cualquiera yanqui” -. La última crítica barrial es las más general e inclusiva de todas las críticas. Pensaba Jerry, que esa es una perfecta definición de lo que una serie televisiva es, sea cual sea su procedencia, su tono, su temática y su onda: Muchos capítulos al pedo. Lo cual, completado con la frase de Gramsci nos da un panorama más general de lo que una buena serie debiera ser en estos tiempos: un reflejo de la historia, pero bien entendida por buenos alumnos, que indefectiblemente agregarán muchos capítulos al pedo, y venderán todo a Netflix.

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