Una escena “Nostalghia”

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Por Juan M Penino

The eternal son runs to the mother
She smoothes his brow and bids him
Drink from her well of hammered mist
Too long sweet lad, fog rises from the ground
The falling soot is just the dust of a shimmering gem
The black moon shines on a lake
White as a hand in the dark
She lifts the lamp to see his face
The silver ladle of his throat
The boy, the beast, and the butterfly*

Patti Smith, “Tarkovsky (The second stop is Jupiter)”

Se abre la puerta, como si los ojos del espectador despertaran a un sueño. Comienza a jugar esa cosa que tiene el cine. Podría ser una definición del arte, una de las más convincentes. Un niño nos mira, con ojos oscuros y un tapado negro que le llega, casi, hasta los pies. El fondo es un paisaje en blanco y negro, con un lago rodeado por árboles y una neblina que parece tener vida. Al lado del niño hay un perro, un ovejero alemán, que mira hacia el fondo, en contraste con la atención del niño que cae sobre nosotros. Insisto, toda esa niebla, el niño, el perro, el blanco y negro, parecen un sueño o el arte en sí. El perro para sus orejas, nos mira, viene hacia nosotros. Desde mi posición, primera persona, se escapa una niña, como saliendo del interior de la casa; se pone un tapado negro, dándonos la espalda, camina en dirección al niño, lo abraza con su brazo derecho al mismo tiempo que gira el cuerpo y nos clava su mirada. Otra mujer sale como desde el lugar en el que estamos nosotros, observa de espaldas el ambiente boscoso, neblinoso, se coloca una capa negra también. Observa hacia atrás y se suma los dos niños. Ahora los tres cambian la perspectiva, siguen la nueva escena, el nuevo cuadro, que muestra al perro junto a un caballo blanco, en ese mismo espacio boscoso y neblinoso. Parece un sueño, pero la falta de color le da un toque tan…real. Ahora la cámara, nuestros ojos, sigue una secuencia de izquierda a derecha, tomando a las mujeres, que miran con gestos indefinidos, al frente. La última mujer, la más grande, que está cubierta con un pañuelo negro, gira para mirar en todas direcciones. Ok, algo pasa. Estas mujeres están preocupadas por algo, o solo es la trama de un sueño. Una música se escucha como viniendo de lejos, es poco clara. La cámara, nuestros ojos, siguen la dirección de la mirada de la mujer del pañuelo en la cabeza, que finalmente encuentra esa escena, en otra perspectiva: Las dos niñas, el niño de los ojos oscuros, el caballo blanco, el perro, la niebla, y ahora sí aparece la casa de fondo. O sea que nosotros, nuestros ojos, están del otro lado, contrario al de la posición inicial. Para colmo, la casa y todos los personajes están en declive, siguiendo la línea de la montaña o loma que se intuye. La escena que queda plasmada en el plano es un cuadro bellísimo, así se queda unos segundos: Las tres mujeres con el niño mirándonos (y nosotros a ellas), el perro también observándonos (y nosotros a él), el caballo blanco pastando, la casa de fondo medio borrada por la niebla y rodeada por tres árboles desabridos. Todo en blanco y negro difuso, por la niebla. Una bocina, que parece de barco, suena de fondo, las mujeres giran sus cabezas, el perro también. Un sol asoma desde el fondo de la casa, es una pequeña bola de luz blanca, tenue. Las mujeres y el niño se tornan para contemplarlo, entonces ahora nos dan la espalda, nos invitan a prestarle atención a ese tímido sol. Se oye el ladrido de otro perro. En ese final de escena se escucha el sonido de un mar o un río, que nunca se ve. Todo se intuye en la escena, especialmente los sentimientos. ¿Estábamos ahí, de verdad?

Toda esta escena pertenece al film del director soviético Andrei Tarkovsky, “Nostalghia”. Es del año 1983, es la primera película que realiza el director fuera de su país y es su obra más personal. En ella, trata de rememorar recuerdos de lo que era su lugar en el mundo. Un lugar que le fue arrebatado, un lugar que insiste, ahora, en recuerdos, que se asemejan más al sueño que a la realidad. No hay mejor manera que el lenguaje artístico para expresar todo lo que Tarkovsky siente. No hay mejor manera de disfrute que estar encima de una película de Tarkovsky, que nunca te deja quieto, pasivo, inerte. Eso es el arte, supongo. Y todo esto lo consigo mientras estoy en un lugar de trabajo, en una pequeña pausa. La escena, gracias al avance tecnológico, la veo en una pantalla de celular. Son apenas tres minutos, pero es algo que me acompaña todo el día, y que me hace existir de otra manera, que imagino mucho más interesante que la que llevaba antes de no haber visto ese fragmento. Y me dirás que ¿qué carajos tiene que ver todo esto con la actualidad en el país, la ciudad y el barrio Rivadavia? No tengo la menor idea. Claro que eso es lo genial del cine, porque intuyo que tiene mucho que ver. Pero las cosas no se quedan quietas, siempre están en movimiento, las escenas, los planos, nosotros, todo se va moviendo y está bien. A lo mejor estamos en una película de Tarkovsky. Tenemos, afortunadamente, mucho para descubrir…

 

*Una aproximación en castellano:

El hijo eterno corre hacia la madre

Ella acaricia su frente y le pide

Que beba de su manantial de niebla batida

Demasiado dulce para el muchacho, la niebla se levanta desde el suelo

El hollín que cae es solo el polvo de una reluciente gema

La luna negra brilla sobre el lago

Blanca como una mano en la oscuridad

Ella levanta la lámpara para ver su rostro

La cuchara de plata de su garganta

El niño, la bestia y la mariposa.

 

Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar / Facebook: Juan Mnp

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