Trampa

Por Juan M Penino

Hacer trampa es modificar las reglas del juego ilegalmente para sacar algún provecho. O solo puede ser por el hecho de demostrar que un sistema es falible, no es confiable. Este accionar presenta grados diversos, por supuesto, y puede llegar a generar enormes trastornos en la sociedad. Por ejemplo, no tiene el mismo impacto un engaño durante un juego de mesa un domingo entre familiares y amigos. Es más, utilizado allí, el engaño puede transformarse en chiste. Pero si esa misma treta es llevada al casino, las cosas cambian absolutamente. Antiguamente – y no tanto – hacerse el piola en un lugar de apuestas podía costar la pérdida o mutilación de los dedos de la mano hábil. El castigo aleccionador era bien simbólico y tendía a dejar inutilizado el talento del estafador. Películas que ejemplifiquen dicho accionar hay cientos. Pero una de las más recordadas – al menos por mí – es Casino, de Martin Scorsese. En dicha adaptación – la historia pertenece al libro de no ficción Casino. Love and Honor in Las Vegas, escrito por Nicholas Pileggi, en el que se reconstruye la historia real de un casino dirigido por la mafia de Chicago a partir de las entrevistas que realizó el propio escritor – el protagonista (Robert De Niro) está a cargo de la casa de juegos gracias a su habilidad para el juego de alto nivel. Así, se pasea por las mesas donde se realizan las apuestas fuertes tratando de mantener el orden. Una de esas noches, descubre a dos timadores apostando en el black Jack y les aplica el castigo ejemplar: con la amoladora o con el martillo, de alguna de las dos formas los timadores se van mutilados. Pero el problema de fondo es que el que juzga a los tramposos es el mejor tramposo de todos. Y no termina allí el asunto, sino que por encima suyo están los peores tramposos que se nutren de un sistema fallido para armar todo un entramado de corrupción, violencia y estafa. Gran dilema de las sociedades del siglo XX: el dueño y sus amigos están en los dos lados del mostrador. Para colmo, son los que imponen las reglas. En ese momento, surge el afamado conflicto de intereses. Pero hay un más allá…
Metiéndonos de lleno en la realidad social del siglo XXI, este pequeño problema que presenta el sistema se está pudiendo trampear. Es la trampa al cuadrado. Hoy día, con cierta astucia, se puede aspirar no solo a estar en los dos lados del mostrador y hacer las reglas, sino que también uno puede llegar a cubrir las huellas a plena luz del día para salir indemne moral y éticamente ¿Cómo es esto posible? Mediante un procedimiento, en principio, novedoso: la posverdad. Fito Paez hablaba del amor después del amor, bien la verdad después de la verdad es un terreno en disputa que puede utilizar el tramposo para salir totalmente impune. En este caso resulta fundamental la manipulación de la información y el armado de los discursos. A gran escala, estos tramposos inventores de la posverdad pueden falsear el sistema entero sin pagar ningún tipo de consecuencia, a pesar de haber hecho ostensible la trampa. Todos vemos – como el personaje de De Niro en la película recomendada – al timador, lo descubrimos, tenemos acceso a esa verdad. Pero nada podemos hacer, ya que con este mecanismo de defensa la trampa se ha perfeccionado. Las verdades son reinterpretadas, reacomodadas discursivamente y viralizadas en los medios de comunicación y en las redes sociales que conforman el foro del siglo XXI. Pero descuiden, siempre hay esperanza, todos tienen un amigo que lo puede echar todo a perder en un instante de ira: en esta gran película de Scorsese se trata nada menos que del siempre genial Joe Pesci .