Poética reptil

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Ahora estoy despierta y veo el mundo, antes estaba dormida. Así es como permitimos que sucediese. Cuando masacraron el Congreso, no despertamos. Cuando culparon a los terroristas y anularon la Constitución, tampoco despertamos. Dijeron que sería temporal. Nada cambia de golpe. Si estuvieras en una bañera que se calienta poco a poco, morirías hervida sin darte cuenta”

Margaret Atwood, The Handmaid´s Tale (El cuento de la criada)

 

A veces no sé si ponerme a escribir. Me pasa especialmente cuando la realidad muestra su cara más cruel y fría. En ocasiones, resulta tan extrema que me quedo sin lenguaje, se quiebra el sentido. Algo así como estar habitando uno de los universos distópicos de las novelas de la escritora canadiense Margaret Atwood. El miércoles pasado, un amigo me contó una historia de acá nomás, que le tocó sufrir a una vecina, un micro-relato de la poética reptil. Se trata de una mujer que vive con sus hijos – todos menores de edad – en un hogar precario en Vértiz al fondo. Ella, jefa de hogar, lleva adelante en soledad la crianza de sus pequeños, sobreviviendo con lo justo y menos también. El fin de semana pasado, su hijo más chico – un bebé de un año – enfermó. Tenía una tos fea, catarrosa, que lo hacía llorar y le impedía alimentarse y dormir con normalidad. La madre decidió llevarlo al Materno Infantil, obviamente. Pero por su casa, cuando oscurece el día, resulta muy difícil conseguir medio de transporte. El colectivo no pasa y ni los taxis ni los remises toman el viaje, ya que en ese lugar por las noches no hay seguridad y los roban seguido. Ella y sus hijos son los primeros en sufrir la inseguridad, el abandono estatal y la estigmatización social. Lo pagan todos los días, en silencio. Como puede, la madre jefa de familia consigue, luego de horas en las que el niño podría haber empeorado su salud, que los lleven al Materno en un remis trucho. Esto quiere decir que, cualquier cosa que suceda en el viaje, nada la va a amparar a ella ni a sus hijos. El riesgo no le genera ni siquiera un alivio monetario, ya que el chofer le cobra casi lo mismo que un taxi o remis legal. Llegada al Materno, la madre espera su turno con paciencia y humildad, sabe – se lo hacen notar siempre – cuál es su lugar en la sociedad. La llaman para que pase al consultorio con su bebé, un doctor la espera del otro lado del escritorio. Entrada la madrugada, el doctor ojeroso del cansancio, revisa al niño sin especial  atención. Y sí, está más que claro, tiene tos pero:

  • ¿Levantó fiebre?

  • No, doctor.

  • Bien, entonces lo que vas a hacer es esperar. Andate a tu casa y si empeora en las próximas horas me lo traés de vuelta.

La madre se queda con la incertidumbre dibujada en el rostro. No da crédito, está indignada, pero no se atreve a contestarle al doctor como se merece. No se atreve a decirle lo que el otro debería saber. Está en la ficha médica, está en su rostro y en el de sus hijos. “¿El doctor tendrá idea de lo difícil que es trasladarse con chiquitos en la madrugada? ¿Lo peligroso que es, que ni tacheros ni remiseros se animan? ¿Se dará cuenta que no hay auto, que los colectivos a esta hora no entran al barrio y que, aunque encontrase un tachero o remisero que nos lleve, no hay plata para tanta ida y vuelta?” Aun así, muy reptilineamente, el doctor cumple con su parte. “Después, si puede volver o no es cosa suya”

La pérdida de sensibilidad humana es un fenómeno que caracteriza esta etapa del capitalismo, llegando incluso a situaciones de crueldad extremas, de esas que dejan sin la posibilidad de expresarlas mediante el lenguaje. ¿Para qué? ¿De qué sirve? Si más de uno estará justificando la insensibilidad, culpando a la madre por haberse embarazado o regocijándose en su sufrimiento por ser una beneficiada con un plan “descansar”. Desde ese lugar, todo está justificado: la discriminación, la violencia… el genocidio. Se justifican matanzas (Santiago Maldonado, Rafael Nahuel…), detenciones arbitrarias (Milagro Sala…), la violencia institucional contra lxs pibxs en los barrios, la violencia de género, los recortes presupuestarios, los despidos…genocidios.

Para ejecutar lo más terrible existen las mal llamadas “fuerzas del orden”, que si uno empieza a revisar su desempeño en el último año deberá preguntarse: ¿Para qué sirven? Lo único que parecen hacer con eficacia es atacar trabajadores en situación de desamparo, docentes precarizados, comunidades mapuches diezmadas, jubilados estafados por el Estado, periodistas que quieren mostrar la verdad y dirigentes sociales opositores al Gobierno reptil. Porque es de reptil avasallar los derechos de los más débiles, endeudar un país a cien años, poner a disposición de las multinacionales pibxs del secundario para que les trabajen gratis, concentrar la riqueza en unos pocos beneficiados, atacar a periodistas no alineados, inventar enemigos internos para justificar matanzas, favorecer genocidas, poner cara de gil y soltar un globo amarillo el fin de año, con una mueca macabra de regocijo por los cadáveres que se cargaron y los que vendrán en nombre de la “pacificación social”.

 

Desde este espacio, estamos convencidos de que la lucha por la inclusión social y la igualdad de derechos es fundamental para poder convivir en una sociedad humana. Por eso decimos ¡No a la reforma jubilatoria! ¡No a la represión!

 

Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

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