Connect with us

Opinión

Poética reptil

Published

on

Ahora estoy despierta y veo el mundo, antes estaba dormida. Así es como permitimos que sucediese. Cuando masacraron el Congreso, no despertamos. Cuando culparon a los terroristas y anularon la Constitución, tampoco despertamos. Dijeron que sería temporal. Nada cambia de golpe. Si estuvieras en una bañera que se calienta poco a poco, morirías hervida sin darte cuenta”

Margaret Atwood, The Handmaid´s Tale (El cuento de la criada)

 

A veces no sé si ponerme a escribir. Me pasa especialmente cuando la realidad muestra su cara más cruel y fría. En ocasiones, resulta tan extrema que me quedo sin lenguaje, se quiebra el sentido. Algo así como estar habitando uno de los universos distópicos de las novelas de la escritora canadiense Margaret Atwood. El miércoles pasado, un amigo me contó una historia de acá nomás, que le tocó sufrir a una vecina, un micro-relato de la poética reptil. Se trata de una mujer que vive con sus hijos – todos menores de edad – en un hogar precario en Vértiz al fondo. Ella, jefa de hogar, lleva adelante en soledad la crianza de sus pequeños, sobreviviendo con lo justo y menos también. El fin de semana pasado, su hijo más chico – un bebé de un año – enfermó. Tenía una tos fea, catarrosa, que lo hacía llorar y le impedía alimentarse y dormir con normalidad. La madre decidió llevarlo al Materno Infantil, obviamente. Pero por su casa, cuando oscurece el día, resulta muy difícil conseguir medio de transporte. El colectivo no pasa y ni los taxis ni los remises toman el viaje, ya que en ese lugar por las noches no hay seguridad y los roban seguido. Ella y sus hijos son los primeros en sufrir la inseguridad, el abandono estatal y la estigmatización social. Lo pagan todos los días, en silencio. Como puede, la madre jefa de familia consigue, luego de horas en las que el niño podría haber empeorado su salud, que los lleven al Materno en un remis trucho. Esto quiere decir que, cualquier cosa que suceda en el viaje, nada la va a amparar a ella ni a sus hijos. El riesgo no le genera ni siquiera un alivio monetario, ya que el chofer le cobra casi lo mismo que un taxi o remis legal. Llegada al Materno, la madre espera su turno con paciencia y humildad, sabe – se lo hacen notar siempre – cuál es su lugar en la sociedad. La llaman para que pase al consultorio con su bebé, un doctor la espera del otro lado del escritorio. Entrada la madrugada, el doctor ojeroso del cansancio, revisa al niño sin especial  atención. Y sí, está más que claro, tiene tos pero:

  • ¿Levantó fiebre?

  • No, doctor.

  • Bien, entonces lo que vas a hacer es esperar. Andate a tu casa y si empeora en las próximas horas me lo traés de vuelta.

La madre se queda con la incertidumbre dibujada en el rostro. No da crédito, está indignada, pero no se atreve a contestarle al doctor como se merece. No se atreve a decirle lo que el otro debería saber. Está en la ficha médica, está en su rostro y en el de sus hijos. “¿El doctor tendrá idea de lo difícil que es trasladarse con chiquitos en la madrugada? ¿Lo peligroso que es, que ni tacheros ni remiseros se animan? ¿Se dará cuenta que no hay auto, que los colectivos a esta hora no entran al barrio y que, aunque encontrase un tachero o remisero que nos lleve, no hay plata para tanta ida y vuelta?” Aun así, muy reptilineamente, el doctor cumple con su parte. “Después, si puede volver o no es cosa suya”

La pérdida de sensibilidad humana es un fenómeno que caracteriza esta etapa del capitalismo, llegando incluso a situaciones de crueldad extremas, de esas que dejan sin la posibilidad de expresarlas mediante el lenguaje. ¿Para qué? ¿De qué sirve? Si más de uno estará justificando la insensibilidad, culpando a la madre por haberse embarazado o regocijándose en su sufrimiento por ser una beneficiada con un plan “descansar”. Desde ese lugar, todo está justificado: la discriminación, la violencia… el genocidio. Se justifican matanzas (Santiago Maldonado, Rafael Nahuel…), detenciones arbitrarias (Milagro Sala…), la violencia institucional contra lxs pibxs en los barrios, la violencia de género, los recortes presupuestarios, los despidos…genocidios.

Para ejecutar lo más terrible existen las mal llamadas “fuerzas del orden”, que si uno empieza a revisar su desempeño en el último año deberá preguntarse: ¿Para qué sirven? Lo único que parecen hacer con eficacia es atacar trabajadores en situación de desamparo, docentes precarizados, comunidades mapuches diezmadas, jubilados estafados por el Estado, periodistas que quieren mostrar la verdad y dirigentes sociales opositores al Gobierno reptil. Porque es de reptil avasallar los derechos de los más débiles, endeudar un país a cien años, poner a disposición de las multinacionales pibxs del secundario para que les trabajen gratis, concentrar la riqueza en unos pocos beneficiados, atacar a periodistas no alineados, inventar enemigos internos para justificar matanzas, favorecer genocidas, poner cara de gil y soltar un globo amarillo el fin de año, con una mueca macabra de regocijo por los cadáveres que se cargaron y los que vendrán en nombre de la “pacificación social”.

 

Desde este espacio, estamos convencidos de que la lucha por la inclusión social y la igualdad de derechos es fundamental para poder convivir en una sociedad humana. Por eso decimos ¡No a la reforma jubilatoria! ¡No a la represión!

 

Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

Continue Reading

Opinión

Visita en la clínica

Published

on

Hay una ciudad en el aire,

Una ciudad casi invisible suspensa,

Cuyos vagos perfiles

Sobre la clara noche transparentan,

Como las rayas de agua en un pliego,

Su cristalización poliédrica.

Una ciudad tan lejana,

Que angustia con su absurda presencia

                                                    (Leopoldo Lugones “La blanca soledad”)

 

Había llegado a horario. En el mensaje de guasap estaba bien claro: “la terapia tiene horario de visita bien restringido, a la tarde, es de 19:30 a 20, no te cuelgues” Y no se había colgado, había estado pensando en su hermano de la vida todo el día, pasa que el momento de acercarse para verlo ahí, en ese lugar tan poco apropiado, lo tenía tenso y con miedo. ¿Miedo? Algo así, porque verlo en tan mal estado, a su hermano de la vida, era como verse a sí mismo en un espejo, y eso no sabía cómo iba a poder sobrellevarlo. Entró en la clínica, un guardia con cara de aburrimiento e indiferencia lo recibió y le señaló el lugar de espera para familiares y amigos de les enfermes. Era un reducto cuadrangular, con cinco hileras de seis sillas incómodas pegadas en continuado, apuntando todas hacia una pared, que tenía un cartel que rogaba silencio y respeto al horario de visita, y un televisor de cuarenta pulgadas, que pasaba partidos de tenis sobre polvo de ladrillo, de jugadores completamente ignotos. Reconoció a la mujer de su hermano de la vida, que estaba sentada esperando, con cara de cansancio y preocupación, el rostro de los que aguardan un cambio de suerte. La saludó y se sentó al lado. Ella le contó cómo iba la situación, lo que le había dicho el doctor, cómo seguía la evolución del paciente y cómo estaban de ánimo los dos. Él la contuvo como pudo, trató de darle todas las esperanzas sin saber qué estaba pasando a ciencia cierta. Cada rato quedaban en silencio mirando a los tenistas correr y patinar en el polvo del ladrillo de la televisión, devolviendo la pelotita amarilla de un lado al otro de la red. Él pensó que los tenistas sabían que los estaban viendo desde una sala de espera en una clínica, y que por eso sostenían constantemente rostros serios. Hasta los espectadores ponchados por las cámaras de la transmisión televisiva, parecían saber quiénes los miraban, porque apenas si hacían alguna mueca muy recatada, para mostrar algo de empatía para con alguna jugada bien resuelta. Era como estar en un teatro, pero directo en el escenario, toda una farsa montada para el momento del ingreso a la terapia intensiva. El ansiado y complejo instante llegó para él, las siete y media de la tarde. Fuera, ya no quedaba luz natural y los horizontes se habían perdido en opuestas direcciones, todos al mismo tiempo. El mar, con su ruido de espuma y sal, completaba la banda sonora del fin de la jornada en la ciudad (in)feliz. Se limpió las manos, como le habían indicado, con un recipiente de alcohol en gel. Se dirigió a la habitación donde estaba su hermano de la vida, pero alguien le interrumpió el camino, con una voz animada que rompió el silencio hospitalario:

  • ¡Juancito! ¿Qué hacés acá?

Se dio vuelta hacia la habitación 103. Allí reconoció a un viejo amigo, que hacía mucho no veía, y que estaba sentado en una camilla, conectado con unos cables a un aparato de esos de terapia intensiva. Lo saludó sin saber mucho cómo reaccionar. Le preguntó en voz baja por qué estaba ahí, y se enteró que ese viejo amigo había tenido un infarto, que el corazón le había fallado, que mucha mala sangre, que la ciudad se lo estaba devorando, que una tarde no aguantó, que fue demasiado para él ver muerto a su gato en la puerta de la casa. Él lo lamentó mucho y le explicó que estaba allí porque su hermano de la vida había enfermado.

  • ¿En serio? Mierda, somos una generación hecha pelota. Menos mal que vos, todavía, andás bien.

No supo qué decir. Pensó que su camino era el mismo, que estaba más cerca de lo que pensaba de estar tirado en una camilla conectado a los aparatos hospitalarios, rezando por poder ir al baño y cagar por sus propios medios, contando los minutos, como un preso, para que llegase la comida de la noche, el desayuno y el almuerzo.

Como sea, continuó hacia la habitación 105, donde aguardaba su hermano de la vida, con el alma y el cuerpo enfermos, cansados. Llegó a la puerta, que estaba cerrada, golpeó despacito y un hilo de voz casi desvanecida le respondió “pasá”. Asomó primero la cabeza, luego saludó con voz baja y suave. Metió el cuerpo entero en la habitación y se acercó a la cama, esquivando aparatos. Su hermano de la vida estaba allí, tratando con todas las fuerzas – que eran muy pocas – de dibujar una sonrisa en su rostro enflaquecido y empalidecido por la enfermedad. “Qué hacés pichón”, escuchó que lo saludaba como siempre. No estuvo seguro de que el saludo lo hubiese podido pronunciar entero, pero no hizo falta. Era su hermano de la vida, lo entendía con solo un gesto, un movimiento. El cuerpo del enfermo estaba como aplastado, como si la gravedad se aprovechase de la debilidad y fuese mucho más severa con él. Entre las sábanas asomaban los cables que conectaban al cuerpo con eso otro externo, esas máquinas inexpresivas, que no entendía. Tomó su mano y lo saludó otra vez, quiso sonreír, nunca supo si pudo. Comenzó a decir una catarata de pavadas, como para dar ánimo. Deseó que lo que quedaba de su energía se traspasase a su hermano de la vida, porque lo quería ver otra vez sonriendo con ganas, contando anécdotas, chistes, tomando una birra y jugando a la pelota. Todo lo que estaba tan lejos de la enfermedad, de los aparatos de terapia, de las sábanas blancas – tan blancas -, de la sala de espera, del guardia con cara larga, de las sillas incómodas, del partido de tenis en la tele, del alcohol en gel…

Repentinamente, el tiempo de visita se había terminado. Una madre despedía a su hija en la cama de al lado. La muchacha dormía por efecto de la morfina, había un dolor muy grande en el aire. Él contuvo un par de lágrimas que lo venían amenazando hacía días, no quería mostrarlas en ese momento, no debía. Volvió a tomar la mano de su hermano de la vida, le dijo que todo iba a salir bien y que se cuidara, que en unos meses estarían los dos brindando y hablando de River y del Muñeco Gallardo y de cualquier cosa, lo más alejados que pudieran de esa situación, que ya sería un vago recuerdo. Se refugiaron en el futuro, los dos. Él se fue, saludó a los demás visitantes y salió del espacio clínica rumbo a la parada del colectivo. Pensó en la ciudad, ya de noche. En sus habitantes que se le hacían cada vez más lejanos, en las luchas vanas por cualquier cosa, en el frío y los largos inviernos, en los desencuentros, en los viejos resentimientos, en el amor trunco, en la vida, en la muerte…Todo le pareció mentira, demasiado poco para ser realidad. Caminó por la costa al bajarse del micro. Contempló la blanca luna que se reflejaba en el mar, como nadando en la fría noche. No entendió tanta distancia, ¿por qué había aparecido? ¿Por qué sentía una lejanía tan grande con aquel lugar, con cada uno de sus espacios, con sus habitantes? Llegó al departamento exhausto. Antes de acostarse, chequeó en internet los resultados de los partidos de tenis del día, en el polvo de ladrillo. El tenista que se suponía que iba a ganar, lo había logrado en sets corridos: 6-3, 6-4, 6-2. En la foto, el ganador, apenas si sonreía.

 

*Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

Continue Reading

Opinión

Personajes fantásticos y dónde encontrarlos

Published

on

Hay personajes que son imprescindibles en la historia, hay otros que bien podrían no estar. Esta semana en la ciudad (in)feliz reapareció uno de estos que se ubican en el segundo grupo. Hizo uno de esos comentarios desagradables que acostumbra a compartir con sus seres queridos, a los que tortura con su presencia todos los domingos en los almuerzos familiares. Y levantó polvareda, porque es así, les marplatenses más famoses son les que dicen las pavadas más extravagantes. Es la manera correcta de lanzarse a la arena pública: decir una boludez. Yo lo intento seguido y logro una repercusión interesante en el chino del Barrio Rivadavia, donde ya me conocen y saben que lo hago para tratar de llamar la atención, sacar alguna sonrisa y – con mucha suerte y viento a favor – un pequeñísimo descuento en algún producto, del insólito programa fantasma precios esenciales. Ahora vamos a la frase que utilizó el Dr. White para hacerse tristemente célebre esta semana, y alcanzar envergadura nacional en los diarios porteños: “¿No tenés obra social o te gastás la guita en choripanes?” Siendo Secretario de salud – y ser humano con dos dedos de frente -, la frase es desatinada y muy ofensiva para con el vecino al que agravió por una red social. Pero no es la intención de esta nota quedarse con el análisis de las pavadas que hace el Dr. en sus horas libres – imagino que desde ese genial consultorio que tiene en uno de los barrios más chetos de la ciudad – sino, más bien, repasar algunos personajes que tenemos como incorporados en la vida, pero que mejor sería que no. Lo primero, entonces, es advertir que en la ciudad, nuestra Twin Peaks, tenemos mejores voceros que Dr. White, que no nos representa para nada, aunque ocupe un cargo público en la actualidad. Hace tiempo, también había comparado a una mujer en situación de calle con un perro, en fin. Hasta acá con este personaje que sería mejor dar de baja esta temporada.

Otro de esos personajes, en este caso sería como uno de los más malos de la serie, es el deshonroso juez Hooft, eterno defensor de los peores criminales de la dictadura cívico militar, edición 1976 (la más sangrienta y cruel). Resulta que esta semana, el gobierno lo propuso como candidato a Juez Federal en la ciudad. Por suerte no hubo quórum, pero el solo hecho de que lo sigan apuntando para un cargo tan importante, bueno, habla a las claras de que hay guionistas de los peores ocupando la Casa Rosada.

Y como si fuera poco, la realidad se impone a la ficción. Esta semana se estrenó la tercera temporada de El cuento de la criada, esa distopía en tono feminista que creara la genial escritora canadiense Margaret Atwood en 1985, y que recién ahora consigue el merecido reconocimiento. Pero lo sucedido en la Capital del país no tiene que ver con la oscura y súper nazi Gilead imaginada por Margaret en su novela, sino con nuestra Argentina de hoy. Resulta que también esta semana, comenzó el juicio contra una mujer acusada de haber besado a su novia en la estación de Constitución, o sea castigada por ser lesbiana. Justo en la semana de la marcha de “Ni una menos”, la marcha que nos interpela como sociedad para que hagamos el esfuerzo necesario por ser mejores humanes, más comprensives, más amables, menos ortivas y asesinos. Pero bueno, todavía hay que enfrentar estas injusticias. Recomiendo poner la lupa sobre esta tercera temporada de El cuento de la criada y evaporar los prejuicios de nuestros cuerpos y corazones.

Toda serie tiene su institución maldita, o debería tenerla. En nuestro caso no hay duda de que es el Fondo Monetario Internacional, que opera (ya no tanto) desde las sombras como el mal mayor, quien retiene el máximo poder en el país. Pero hay personajes importantes en la serie nuestra de cada día, que todavía no se dan cuenta de cómo debería ser una buena cooperación de un organismo internacional. Para elles van estos siguientes puntos a considerar: 1) Cuando no pretenden dirigir y controlar el proceso 2) Trabajan con equipos de la propia nación a la que ayudan 3) El objetivo es que el país “ayudado” sea el que construya la propuesta 4) Asume que el proyecto es del país 5) Deja capacidades instaladas 6) Da ejemplos de aquello que predica 7) Mantiene perfil bajo y baja visibilidad 8) Rinde cuentas ante el país al que está ayudando 9) Se responsabiliza de sus errores, aprende y se rectifica 10) Coopera para el desarrollo del país 11) Trabaja expresamente para volverse prescindible, no para perpetuar la dependencia. Estos puntos no los inventé yo, sino que los tomo de Rosa María Torres, una pedagoga, lingüista, comunicadora y activista social ecuatoriana. Ahora, preguntémonos juntos ¿Cuántos de estos puntos de buena cooperación internacional cumple el FMI? Insisto, gran villano de nuestra serie diaria.

Hay algo que me gusta mucho, casi como a todo el mundo, y es ver series de suspenso. Sobre todo, las que más consumo son las que tienen a un pueblo o pequeña ciudad como protagonista. La insuperable para mí es Twin Peaks, pero ya la ví demasiadas veces, tengo que seguir adelante. Ahora, me estoy poniendo al día con otra que se llama Riverdale, que tiene un tono parecido a la icónica serie de David Lynch, pero que es un poco más goma, más adolescente. Sin embargo, está esa misma cuestión del territorio maldito, el lugar tranquilo donde uno habita y que pensó que era el más seguro del mundo, que esconde cosas que mejor no querría saber. Entonces hay historias oscuras, seres horripilantes que aniquilan la idea de lugar perfecto, que destruyen la inocencia de les adolescentes, que se van volviendo tan oscuros como el bosque y el río que siempre están bordeando al pueblo y esconden algún cadáver. Primero les inocentes pibes se pierden en peleas bobas de secundaria yanqui, uno de ellos muere asesinado, después se empiezan a enterar de los secretos tremendos de sus padres, luego pasan a investigar crímenes y a ponerse en peligro, para después volverse cómplices e instigadores de todo eso oscuro que les amenazaba en un principio. Y en eso estaba, el miércoles por la noche, con un poco de frío en el Bernardino Rivadavia, y el nuevo video de Bándalos chinos de fondo – que dejo al final de la nota, para que vean qué onda – y una birra siempre al lado, con todas estas cosas en la cabeza, pensando que un poco todos los terruños son así, todos los lugares tienen sus personajes y sus historias ocultas. Nosotres, como en las series, empezamos bien inocentes y aferrados a creencias y costumbres que después, inevitablemente, se irán transformando. Se entiende y es así y no necesariamente todo cambio es malo. Pero debemos ser conscientes de ese lado que no nos gusta, y que siempre va a estar ahí, conviviendo con nosotres, encarnado en esos personajes que por desgracia son más reales que cualquier intento imaginativo de guionista de Netflix.

Hoy terminamos el episodio acá, con un avance para el que viene: habrá buenas noticias de un viejo amigo, habrá historias de hospital y algún análisis político sobre las encuestas y demás cuestiones. Seguiremos recomendando cosas, leyendo y compartiendo poesía. Todo, por supuesto, desde el cruce de las veredas en Francia y Castelli, en pleno otoño, esperando por el invierno esclarecedor…

*Una recomendación más: el sábado 8 de junio a las 17 hs, en el Espacio Cultural Bronzini (Rivadavia 3422), la escritora marplatense María José Sánchez presenta su tercer libro de poesía «Que venga». Quedan todes invitades a pasar un lindo momento con la autora y sus versos.

*Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

Continue Reading

Opinión

Cuatro relatos, un poema y algunas observaciones desde el barrio

Published

on

Si nos vamos a dejar llevar por el mercado y sus caminos con auspicio, estamos condenados a la muerte cultural. Algo así, palabra más palabra menos, escuché decir a alguien, el otro día, en el supermercado. ¿No me creés? Está bien, pero puede ser que te pase algo similar en cualquier instante de tu vida, si prestás atención. No todo sucede por las aplicaciones del celular, esa es otra de esas verdades barriales que también llegó a mis oídos, directo desde la vereda de alguna calle en el barrio Bernardino Rivadavia. Obvio que hay un montón de otras frases que sí son intranscribibles, como esta: «andate a cagar gato, que te chupe la pija tu viejo». En definitiva, no hay jerarquía y todas las voces nos conforman. Y cuando hilvanamos varias frases juntas, con un sentido argumental, tenemos lo que yo llamaría una historia. Y si estamos parados en la esquina de Francia y Castelli, una fría tarde de otoño en la ciudad de Mar del Plata / Batán, bueno, podemos decir que hay un pedacito de identidad, que forma parte de la cultura, que vale la pena intentar contarla por el solo hecho de que algunas voces cercanas se escuchen, un cachito más al menos:

  • Un joven se acerca a la playa para observar el mar. No aguanta las ganas de surfear, pero no hay una puta ola. Un viejo lo advierte, sale de la casilla de guardavidas, que es su casa en invierno, y le pregunta si no le podría dar un paquete de algo: yerba, fideos, lo que sea. Se conocen de vista, de habitar el mismo territorio. El joven lo saluda y le dice que sí, que tiene un paquete de yerba, que en cinco minutos se lo alcanza, vive cerca. Cuando regresa, el viejo lo espera sentado en la arena. La postal es otoñal y muy solitaria. Mucha gente pasa caminando por arriba, por la vereda, pocos se acercan a la arena, como si fuese suelo prohibido. El joven se sienta al lado del viejo, le da el paquete y le pregunta por qué vive en la playa, por qué no va a uno de esos centros para gente en situación de calle. El viejo no lo mira, sigue con su vista metida en el mar, le contesta que para qué, de qué le va a servir eso, si el desprecio va a seguir ahí carcomiendo su alma hasta que un buen día…

  • Una piba sale del cine en el intervalo, acaba de ver una de esas películas de súper héroes y heroínas. Se va hasta el quiosquito, pide un café. La amiga la sigue detrás, le pregunta qué le pareció la película hasta ahí. Con el café en la mano, le contesta que una mierda, que siempre es la misma historia, que por más que haya extraterrestres y viajen por el universo entero resulta que siempre hablan yanqui, y hacen chistes como los yanquis y solucionan los problemas como los yanquis creen que solucionan los problemas. La amiga la mira con cara de fastidio, porque ve que no está dispuesta a relajarse un poco, ni en el cine. ¿Y quién te dijo que el cine sirve para dejar de ser humano?

  • Un tipo entra a robar en un comercio de barrio. Quien atiende le explica que no tiene dinero, que no vendió nada en toda la mañana. El tipo con el arma en la mano se lamenta, toma un par de cosas que imagina importantes, le sustrae el celular y se va. Los dos piensan que es un mal día en el barrio. ¡Me cago en Dios!

  • A lo lejos vienen andando en bicicleta dos personas mayores de cincuenta, por el camino asfáltico del parque Camet. Una le cuenta a la otra que hace añares, cuando tenía catorce más o menos, su padre lo llevaba allí a jugar a los juegos, cuando había juegos, y a montar a caballo. Era el único instante que recordaba de su infancia / adolescencia en el que veía a su padre feliz. No era un tipo muy comunicativo, pero qué se yo, cuando caminaba por el parque, como que la cara se le transformaba. Hasta parecía un buen tipo, te juro…. La otra persona que escuchó la historia, sin dejar de pedalear, se enterneció y contó la suya que, palabras más, palabras menos, dice así:

La llevaron dos hermanas, un mediodía de otoño.

Hacía frío, pero no había viento en la costa.

Bajaron a la playa, ella en el medio, asombrada,

apenas reparó en un hombre que venía delante,

que la miró soñando con alguna señal.

Ella estaba conmocionada, caían lágrimas de sus ojos.

El mar estaba ahí, más azulado que nunca.

Recordó su adolescencia pasada:

“Yo tenía catorce años, me acuerdo como si estuviese pasando ahora.

Él no me quería, pero cuando me llevaba a la playa

parecía el hombre más feliz del mundo.

Yo, corría tras las olas, con mi hermano más chico.

Parece la vida de otras personas, y es un recuerdo mío”

Las hermanas evitaron mirarla,

cualquier acontecimiento previo

a la vida en el monasterio

no tenía sentido para su mezquino Dios.

Pero ese vaivén de espuma azul y blanca,

la hizo recordar,

tuvo la certeza de que si existía un Dios,

estaba en la arena,

en el pasado,

con su recuerdo.

Lo demás, solo espuma estancada

en las escolleras, un mediodía

frío,

en la playa.

 

De alguna forma todos los relatos se unen porque, aunque no parezca, estamos juntes y somos iguales. Transitamos el mismo espacio, comprendemos los símbolos que sabemos manipular y formamos parte del mismo tiempo. Solo que, a veces, nos dejamos olvidar.

Para todo lo demás, están las industrias culturales.

 

Hoy escuchamos:

*Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

Continue Reading

Trending

Copyright © 2017 Zox News Theme. Theme by MVP Themes, powered by WordPress.