Nolite te bastardes carborundorum

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Por Juan M Penino

 

“Las escenas ideales duelen”

Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce

G. Porta y Roberto Bolaño

 

El frío se hace sentir en la ciudad, anticipando la potencia que puede alcanzar el invierno en el sur. Hoy escuché decir a alguien que todavía no hay escarcha en el pasto, y es verdad. A pesar del frío, en el pasto no se advierten las puntas blancas, no parece que estuviésemos en un freezer…por ahora. Lo loco, también, es que resulta cada vez más complicado ver pasto en la ciudad. El imperio del cemento. Si avanzáramos unos años e imagináramos qué carajos pasó con Mar del Plata, seguro que tendríamos algunas certezas, y todas horribles. Algo así fue lo que hizo Margaret Atwood en El cuento de la criada, su novela distópica de los 80. Lo que tal vez no esperara es que en 2017 se convertiría en una de las series televisivas más aclamadas por la crítica. Igual eso ya es historia antigua. Lo que quiero es volver sobre la última escena del último capítulo de la segunda temporada que se pudo ver esta semana. En ella, la protagonista (interpretada por Elisabeth Moss), que es la criada destinada a la familia del Comandante y su mujer para tener hijos, ya que ellos no pueden – un servicio que se ofrece en Gilead, el país que vino a volver a Estados Unidos un Estado totalitario religioso, que basa todo su poder en el sometimiento de los cuerpos de las mujeres: por eso las divide en clases, aquellas que son fértiles son destinadas a las casas de los comandantes para que estos las violen sistemáticamente para poblar el mundo de niñxs, las Martas que serían las sirvientas del hogar, las esposas incapaces de procrear y el resto son religiosas – tías – que “educan” y “ciuidan” a las criadas en su misión “sagrada” infligiéndoles todo tipo de torturas-, Defred se reencuentra – por motivos que no viene al caso espoilear – con dos objetos que parecen devolverle la vida, ese pasado donde era un ser humano, donde tenía una familia, amigos, hobbies y un laburo. Los objetos son: una lapicera y un bloc de hojas escritas. Su trabajo anterior a la pérdida de la libertad había sido de editora, motivo por el cual su madre la hostigaba, ya que veía en su hija a la clase de persona alejada de los dramas que la política estaba gestando y que terminarían en la toma del poder del régimen totalitario religioso – vaya nombre, ¿no? -. Pero ese era su lugar en el mundo, y esos los objetos que la definían. Obvio que el tiempo y las diferentes situaciones sufridas la ponen en otra posición ahora: todo lo que antes daba por sentado y no pensaba que podía perder, en medio del horror de Gilead, es un pedazo de luz. Esos pequeñísimos gestos de la terrible Serena Joy – la esposa del comandante -, el de alcanzarle unas hojas para que revise y permitirle tomar una lapicera, para Defred son un cacho importante de libertad. Su gesto lo deja claro, no puede evitar que le brillen los ojos, tampoco una contenida sonrisa. Para rematar, el tema que suena de fondo, en el instante que Defred está a punto de poner en funcionamiento la lapicera (un primerísimo primer plano difícil de olvidar para quien tiene ese impulso irrefrenable de escribir diariamente), es Venus de los Shocking Blue:

 She’s got it

Yeah baby, she’s got it   

Y fin de la escena que es perfecta y no hay mucho más que decir. Solo recordar que la serie es de lo mejor que hay dando vueltas en el universo – a veces demasiado ilimitado y borrascoso – de las series televisivas.

Pero, por suerte, en este caso tenemos también la novela de la escritora canadiense Margaret Atwood. Entonces la recomendación es doble, porque hay cosas que están inmortalizadas en las letras, como si la misma escritora fuese la que sonríe y le brillan los ojos en el momento de la escritura. Y, por momentos, logra crear pasajes que escapan a las posibilidades de expresión de la televisión. Como la novela está escrita en primera persona, es la propia Defred – la criada – la que cuenta el terror de vivir en Gilead, el terror de la pérdida de la libertad de los cuerpos, el terror de la tortura, el terror de sufrir el secuestro de una hija. Son muchos los pasajes en los que ella se queda sola, encerrada en la habitación de la casa del Comandante a la que está condenada, solamente esperando hasta la próxima violación o el nacimiento del hijo que lleva en su vientre y que será expropiado. Esos momentos de reflexión resultan tan desesperantes como claustrofóbicos, y son dignos de recomendación. Por eso, para terminar esta nota de la mejor forma, ahí va uno de esos pasajes destacables de la novela El cuento de la criada. Luego de leerlo, podrían proponer una música que sirva de fade out, de salida de la lectura. Yo decido no intervenir más, hasta la semana que viene:

“De vez en cuando vislumbro sus rostros en la oscuridad, parpadeando como las imágenes de santos en antiguas catedrales extranjeras, a la luz de las velas vacilantes, encendidas para rezar de rodillas, con la frente contra la barandilla de madera, a la espera de una respuesta. Aunque los conjure, solo son espejismos, no perduran ¿Quién me censuraría por desear un cuerpo verdadero para rodearlo con mis brazos? Sin él también soy incorpórea. Puedo oír mis propios latidos contra los muelles del colchón, acariciarme bajo las secas sábanas blancas, en la oscuridad, pero yo también estoy ceca, blanca, pétrea, granulosa; es como si deslizara la mano sobre un plato de arroz; como la nieve. En esto hay cierta dosis de muerte, de abandono. Soy como una habitación en la que una vez ocurrieron cosas pero en la que ya no sucede nada, salvo el polen de los hierbajos que crecen al otro lado de la ventana, que se esparce por el suelo como el polvo”.

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