Por Juan M Penino

 

Otoño jodido en la ciudad, el barrio Rivadavia, y Jerry estaba seguro, en el resto del mundo también. En algunos lugares sería más temprano, más tarde, haría más calor, más frío, la gente se comunicaría con algún idioma o con otro. Pero él estaba seguro que ese preciso instante de la historia era otoño en todas partes. Mientras armaba la lista tentativa para ir al chino y comprar algo para morfar en la semana, Jerry escuchaba de fondo en la radio la conformación de otra lista, la que tenía los nombre de los futbolistas convocados para disputar el mundial de fútbol masculino en Rusia, organizado por una entidad sobradamente corrupta, que prefiero no nombrar. Como sea, le causó gracia el hecho de la coincidencia. Parecía ser ese el día de las listas…

Haciendo memoria, Jerry se esforzó por recordar otros momentos de su vida donde aparecían listas en primer plano. La escena inicial que se le presentó –para su suerte- fue un lindo recuerdo: el viaje por la 226 desde Mar del Plata hacia Balcarce, junto a su padre y su abuelo para ver la carrera de TC. Allí se ofrecía desde la entrada al autódromo y sus alrededores hasta la misma Sierra La Barrosa, la siempre útil lista con la numeración de los autos y los nombres de los pilotos. Una lista indispensable para tener la referencia adecuada y poder saludar al competidor indicado. Algunas listas hasta traían la foto del auto de carrera colorido, lleno de esponsors y con ese diseño tan único de la categoría, tal vez un Falcon ovalado, la coupé Chevy con punta aguda, la cola rara del Torino o el espacio ancho que dibujaba la Dodge. Pero las listas con imagen eran las caras, Jerry siempre se tuvo que conformar con la estándar, la barata en fin.

Otra lista que nunca se pudo sacar de la cabeza fue la de Oskar Schindler, la de la novela de Thomas Keneally sobre aquel “Alto y rubio, alemán y católico…que no tenía madera de santo y nunca pretendió ser un héroe…”. Dueño de una fábrica que funcionaba como campo de concentración durante la ocupación Nazi en Polonia, y que significaba un lugar seguro, de salvación para los judíos. Jerry recordaba esa, su primer lectura en serio, en la juventud, porque había significado la pérdida de la inocencia, como lector y como persona. El mundo no era, precisamente, un paraíso. Había muerte, violencia, xenofobia, crueldad extrema, intolerancia. Pero también existía la solidaridad, la esperanza, el amor a la humanidad. Eso sí, sospechaba que la balanza estaba desequilibrada, y para el lado menos agradable. Otra cosa que recordaba haber aprendido de esa novela era que la manera de salvar al mundo era salvando la humanidad, salvando la vida. Y que la Historia se podía novelar, porque el lenguaje permite ese tipo de juegos ¡Qué peligroso! Fue su primera y apresurada conclusión. Luego de leer la novela y – obviamente – llorar como bebé, pensó que ese juego con el lenguaje y la Historia podía desembocar en algo sublime, hermoso si salía bien. Algo que valía la pena ser explorado. A partir de ahí, la lectura de ficción lo acompañaría a donde fuera: baño, trabajo, escuela, transporte, caminata, espacios públicos, espacios privados, ducha y cualquier otro tipo de lugar. Esa lista sí que lo había marcado…

Pero la actual era la del mercado chino. Y había que aplicar cierta imaginación para poder incluir una cantidad de cosas que bastaran para cubrir las necesidades básicas, en tiempos de crisis económica. Se habla mucho del índice changuito, uno de los más certeros de todos los índices existentes. En el caso de Jerry, con la canastita iba a sobrar. De fondo, la radio se empeñaba en discutir sobre los 23 benditos futbolistas que jugarán en el mundial, y que en realidad van camino a ser utilizados como descarga por todos los que, como él, debían enflaquecer la otra lista, dejando de lado objetos que servían para hacer más soportable la vida ¿En serio una lista puede ser tan importante, contener tantas emociones? Por supuesto. Sobre todo, es importante analizar el hecho conveniente de estar incluido en ella o no ¿Cómo saber si es positivo o negativo estar en una lista si no se tienen certezas del futuro? En ocasiones es preferible quedar excluido, como en tiempos de dictadura cívico eclesiástico militar en Argentina. En ese caso estar en una lista era sinónimo de muerte. Era la lista dictada por el demonio. Pero la Historia muestra contradicciones constantes, porque otras ocasiones resultó indispensable estar adentro de una de ellas para sobrevivir.

Jerry se quería concentrar en el presente, escribía su lista…

Pan

Detergente

Trapo de piso

Lata atún

Queso

Dulce de leche…

Pero se le venía la radio encima…

Salvio

Biglia

Mascherano…

Inclusive, paralelamente, armaba la lista de Spotify para escuchar música camino al súper Chino*.

Listas intrascendentes en la historia. La única que quería atesorar desde joven hasta hoy y siempre sería la de aquel “Alto y rubio, y alemán y católico…

Nuevamente aparece la vaguedad típica de las leyendas en la cronología exacta de la lista de Oskar. La vaguedad no se refiere a la existencia de esa lista: se puede ver hoy la copia en los archivos de Yad Vashem. Como veremos, no hay tampoco incertidumbre acerca de los nombres recordados por Oskar y Titsch en el último minuto y añadidos al final del documento oficial. No hay duda sobre los nombres incluidos. Pero las circunstancias alimentan la leyenda. El problema es que se recuera esa lista con una intensidad tal que su mismo ardor confunde los hechos. La lista era un bien absoluto. La lista era la vida. Más allá se abría el abismo”

 

*Esta breve nota deberá ser acompañada por el tema musical Roble, de los Fabulosos Cadillacs, en la versión de Javier Malosetti.

 

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