La rueda mágica

Por Juan M Penino, desde el barrio de Botafogo, Río de Janeiro, Brasil.

 

De vuelta en estas regiones de oscura, titubeante e incierta creación, pero es el único mundo que tengo y haré lo mejor que pueda

Jack Kerouac, Mundo soplado por el viento.

Al atardecer, sentado en la vereda frente a un kiosco, tomando una cerveza en un vaso de vidrio muy pero muy chico, luego de haber saboreado un refrescante asaí, se está muy bien. Y también no. A pesar de que el sol se esconde entre los morros, todavía hacen más de 33ºC y sé muy bien que mi cuerpo no se puede imaginar que va a seguir el calor agobiante toda la noche ¡y más en la madrugada! Imposible meterte entre cuatro paredes ¿Para qué? Son las ferias, las vacaciones, no se pasan las mejores telenovelas, no hay fútbol y los programas de política…bueno, todos parecen guionados por la red O´Globo y sus repetidoras. La que va en un atardecer con poca guita en el barrio Botafogo es tomarse unas cervezas y levantar un toque la mirada, para ver qué muestra el barrio un dos de enero de 2018…

Lo primero en todo Río de Janeiro, siempre, es el Cristo. A pesar de que el Pan de Azúcar es el punto alto con más historia de la ciudad, el cerro más copado – donde los conquistadores portugueses sacaron la ventaja fundamental para controlar la estratégica Bahía de Guanabara, por sobre otras razones conquistadoras que disputaban territorios que no les pertenecían – de todo Río, la figura del Corcovado extendiendo sus brazos es más fuerte. Un monumento Art Deco que tiene la particularidad de reunir a miles de personas por minuto como ganado a su alrededor todos los días, sin ser algo tan impresionante. Pero es el máximo símbolo de la ciudad, no se puede negar. Y todos los habitantes (brasileros o no, residentes o de paso) estamos condenados a mirarlo diariamente antes que al sol.

Siguiendo el escaneo cervezal, uno puede estar varios minutos “colgado” contando las lucecitas de las casas que se trepan a los inmensos morros, conformando una vía láctea de barriadas, las favelas más populosas del país. Grandísimos espacios urbanos estigmatizados por demás, frecuentemente visitados por policías corruptos, playboys, narcos y tropas de elite, que son como robocoops sin cerebro, que solo tienen como misión matar seres humanos sin experimentar la menor culpa. Por eso es que hay tantas víctimas por violencia institucional. Por eso hay tanto laburante que vuelve a su casa todas las noches, en la favela, con miedo. Tanta rudeza extrema habrá terminado con el narcotráfico ¿No? Tantos billones de reales en el presupuesto del gobierno inconstitucional e impopular de Temer, destinado a estas fuerzas de control, deben haber arrojado grandes resultados… Sí que hay resultados: todo el estado Carioca está quebrado, el narcotráfico crece día a día y los que pagan el pato – como siempre – son lxs trabajadorxs, la carne de cañón que hace funcionar un Sistema que produce un millonario cada mil habitantes extremadamente pobres. Algún día, imagino, alguien se va a avivar, la cuenta no parece muy difícil. De seguir así habrá mucha más pobreza e indigencia, muchos más desahuciados, y el narcotráfico aumentará sus filas. Calculo que a alguien le convendrá. Sé que por acá nomás, siguiendo la avenida que bordea al cementerio, cruzando el túnel, comienza Copacabana, continúan Ipanema, Leblon, Sao Conrado, Barra da Tijuca, esos lugares que tienen los pisos más caros del mundo, los hoteles más lujosos del universo, con playas que durante el día reciben a millones de turistas de todas partes del mundo, donde de noche descansan en la arena cientos de indigentes de todas las edades y sexos.

Desde donde estoy sentado, con otra cerveza en la mano, se ve el cementerio de la ciudad, que en lo profundo lleva hacia una parte ciega del mar. Y trato de imaginar ese trozo de océano golpeando con fuerza el cerro inmenso, y me da pena no poder tirarme de cabeza al agua, desde allí, desde la espalda de la gran ciudad de los contrastes. El calor es insoportable, mejor salir a caminar, a pasear por los bares de Río, con sus caipirinhas llenas de lima, todos tomando de parados y fuera de los techos, para transpirar menos en lo que comienza a ser la noche. Ojo, hay que esquivar a aquellos que yacen en el piso, que no fueron invitados a la fiesta del orden y el progreso. O, mejor, probar con la playa de noche, que les aseguro que es una verdadera jungla, cualquier cosa puede pasar. Río.

En una misma cuadra hay un complejo hotelero de primer nivel mundial y la favela más grande del país. ¿Cómo no te vuela la cabeza algo así? Dicen por el barrio que hay lugares donde te clonan la tarjeta de crédito, y que hace un par de días nomás dos garotos asaltaron a un turista argentino portando ametralladoras AK47. También dicen que las fiestas en los hostels son las mejores y que lxs brasilerxs son de fuego.  Buceta cu pica rola caralho priquito chavasca.

¿Mitos, verdades? Es Río, parece una respuesta única y posible, utilizada por todxs lxs cariocas. Cualquier suceso – ya sea extremadamente bueno, bizarro o muy malo – se explica con un simple: “muy Río”.

Ciudad de grandísimos, inmensos, inimaginables contrastes. Ciudad carente de clase media. Acá, la reforma laboral hace estragos, mientras las páginas de O´Globo anuncian la candidatura a presidente del ministro de trabajo, lo angustiado que sigue Neymar por lo del mundial 2014 y el estreno de la nueva película de Woody Allen…

Estoy de “vacaciones”, debería hacer lo que todos dicen que hay que hacer en esta situación: “Disfrutar”. Como si no se pudiese experimentar otra cosa en los viajes. Amigxs, parientxs, conocidxs, todos confluyen en el mismo verbo para sacar provecho del viaje: Disfrutar. ¿Será que hay que sentir presión hasta en las vacaciones? ¿Y si no disfruto un carajo, cuál es? No quiero obligarme a nada, para mí eso es vacacionar tal vez. Lo que sí voy a hacer es comprar una lata de guaraná bien fría y voy a ir a ver la película de Allen…

Un cine viejo, casi vacío, cerca de desaparecer, en el barrio de Botafogo. La lata de refresco, castañas de caju – no el jugo, que es horrible – y la “magia” del cine con subtítulos en portugués. Nada puede atentar contra la fotografía de Storaro y – mucho menos – contra la genialidad de Kate Winslet, que no va a ganar el Oscar a mejor actriz porque tendría que decir algo sobre los abusadores de Hollywood, uno de los cuales es el mismo Woody Allen. Ahora que Hollywood descubrió que estaba lleno de abusadores de mujeres, Hollywood debe hacer una fiesta para redimirse, aunque sus actos simbólicos solo importan a Hollywood. En Brasil la película se tradujo como “Roda gigante”, casi literal del original en inglés “Wonder Wheel”, y que hace explícita referencia a la rueda mágica, ese juego / paseo que tienen los parques de diversiones, donde uno se sienta con o sin acompañante y comienza a dar vueltas desde abajo hacia arriba, siempre en el mismo lugar, circularmente. A veces se está arriba – donde todo se ve más claro, pero distante – y otras toca estar abajo – donde se ven pocas cosas muy de cerca, pero nada se ve completo – Y esa es la metáfora, el símil. Algo así sería la vida, sobre todo la de los personajes de la película. Siempre destinados a repetir karmas e ilusiones truncas, una y otra vez, encerrados en el mismo lugar, del que no pueden – ¿O no quieren? – salir. El eterno retorno.

Yo, ahora, de vuelta en el kiosco del barrio, pienso en eso mismo

  • Disculpa, una cerveja, por favor…O brigado.

Esta ciudad es una gran rueda mágica. Esta y todas. Podría ser el barrio de Botafogo, Flamengo o el Barrio Rivadavia. Todxs formamos parte de esta misma rueda que nos tiene atrapados, confundidos y con temor a lo que pueda pasar si se rompe. El problema de seguir en el mismo juego es que nunca nos va a tocar estar en la parte superior todxs al mismo tiempo. En la rueda del capitalismo modelo XXI es imposible la inclusión y la igualdad sociales.

Se supone que estoy vacacionando ¿Qué caralho hago enroscándome tanto? Y acá, para cerrar estas reflexiones de turista del Barrio Rivadavia, cito a mi escritor brasilero favorito, de su romance (novela) “O casamento”, Nelson Rodrigues*:

Cada louco com sua mania

Una birra más, una Skol en vaso chico, muy chico…

 

*Cuando fue lanzada la novela O casamento, en el año 1966, estaba cubierta por una tapa roja con la advertencia “Leitura para adultos”. Un primer castigo que le impuso el gobierno de Castelo Branco – presidente puesto por la dictadura militar – al escritor. Luego, al poco tiempo, la novela fue directamente prohibida, acusada de “Atentar contra a organizacao da familia”. Hoy, Nelson Rodrigues, tiene una estatua en una plaza menor del barrio Botafogo, en Río de Janeiro. Y si uno lo lee, sigue descubriendo que la crítica a la hipocresía de la institución familiar – piedra fundamental de los estados modernos y las religiones – no pierde vigencia.

 

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