La mujer y el caballo

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Richard Nixon, Convención Republicana, Miami, 1972

Por Juan M Penino

 

“Hora irreal del mes del delirio”

 Juan José Saer, en Nadie nada nunca

 

La mirada del caballo le pareció una advertencia. Era chica, la tarde luminosa, la primavera asomaba por el parque permitiendo que se estuviese muy bien de remera con manga corta. El pasto se recuperaba del crudo invierno, reflejando los rayos del sol, encandilando los ojos del animal, que ya estaba cansado de esa rutina. Lo que pasó no le debió haber pasado. Siempre lo lamentó, pero ya de grande, cuando pensar es un vicio nocivo para la salud espiritual, pensar en esa tarde, en ese momento en el que no pudo hacer nada para defenderse…

 

La noche crecía como el mar desierto. Ella estaba acostada, lo que era común en cualquier momento del día. Como de costumbre no tenía sueño, ese era un lujo que había perdido aquella tarde para siempre. Sin embargo, por el propio peso del aire de la habitación, se durmió. Su mente ofreció resistencia, quedó en un estado de esos en los que es muy difícil, casi imposible, distinguir lo que es real de lo que no lo es…

De pronto su cuerpo comenzaba a reaccionar como nunca, a despertar del eterno letargo al que lo habían condenado. Pero no era el cuerpo exactamente. Ella sentía que la fuerza le venía de adentro, del centro, como de las tripas mismas. Parecía como si flotara, como si pudiera ser una con las altas paredes del viejo dormitorio de lo que parecía ser el anochecer en un pueblo lejano. Trepaba por los grandísimos ventanales en busca de una salida. Fuera del dormitorio, un patio enormemente llano y oscuro era la imagen muerta de un abismo. Algún insecto rozaba los pastos y rompía el silencio monótono del campo. Desde otra galaxia, una especie de lobo aullaba a una luna ausente, porque resulta que la soledad afecta a todos los seres vivos. Ella tuvo miedo de continuar así, escalando en el dormitorio, sin acompañamiento de su cuerpo…

“¿Me estaré muriendo?”

…Agosto de 1972, Convención Nacional Republicana, Miami.

Una multitud grita y aplaude al presidente Nixon. Él comienza su discurso:

“Hemos traído a más de un millón de hombres a casa. Y más están por venir. (Levanta la vista, mira a la cámara) Hemos puesto fin a la participación de Estados Unidos en el campo de batalla (vuelve a leer) y no se enviarán más reclutas a Vietnam. Nuestras bajas han disminuido un 98% (sigue leyendo). (Ahora levanta su mirada altiva) Hemos ido más allá, de hecho hemos hecho todo lo posible para llegar a un acuerdo negociado para poner fin a la guerra. (Vuelta a la lectura) –Aplausos- Sin embargo, hay tres asuntos que no hemos negociado (levanta su mirada, ahora, con derroche de firmeza) y que no vamos a ofrecer. Nunca abandonaremos a nuestros prisioneros de guerra – ovación del público partidario, de pie – (Nixon mira a la multitud con gesto solemne). En segundo término, no vamos a respaldar a nuestro enemigo para que imponga un gobierno comunista a nuestro aliado, a los 17 millones (lee otra vez) de habitantes de Vietnam del Sur – ovación, seguida por un Nixon que ahora se muestra compungido, con su mirada hacia abajo, como lamentándose algo – Y, por último, nunca vamos a manchar (arenga a su público mirando al frente) el honor de Estados Unidos de América – Ovación final -…

Ella, o lo que parece ser ella, escucha el murmullo de la gente en un televisor viejo, en colores gastados, esa misma noche. Su acción ascendente es detenida por un sentimiento que no sabía que existiera en su espíritu. Era como una suerte de angustia, congoja, llanto silencioso. Como si hubiese vivido el discurso del presidente, como si estuviese sufriendo por la cantidad de seres humanos que habían pagado con sus vidas por esos discursos. Pero ella no habitaba ese tiempo, estaba segura ¿Qué pasaba entonces? ¿Qué fenómeno la había llevado a mezclar los tiempos, los espacios….dónde estaba….quién era? Trató de moverse, pero volvió a ser ese cuerpo destrozado que siempre había sido, de chiquita, por efecto de esa tarde primaveral, ese destello en el caballo. Ya no sentía la llanura en la noche, no se percibía flotando por el dormitorio, buscando una salida. Solo era cuerpo maltrecho, sobre una cama gigante, en una habitación oscura de pueblo, de vaya  a saber qué nación. Y no podía dejar de escuchar el discurso del presidente, que tenía tanto sentido como el crepitar de los insectos en la oscura noche sin luna…

…Ahora suenan las voces de Nixon y Kissinger, tomadas directamente de la cinta de un grabador.

  • Todo está saliendo tal y como lo habíamos planeado. (dice Henry, el Secretario de Seguridad Nacional) Los rusos los están presionando y los chinos, también. (Breve silencio) De hecho creo que podemos llegar a un acuerdo. Pero también creo que Thieu tiene razón, nuestras condiciones tarde o temprano acabarán con él.
  • Bien, si son tan débiles puede que eso sea lo que tiene que pasar. (Contesta Richard, Presidente de Estados Unidos) Tenemos que recordar que no podemos permitir que este niño siga pegado a la teta de la mamá cuando ya tiene cuatro años…

Esas voces del televisor son como las de sus abuelos o sus padres, suenan viejas, gastadas, pero marcadas con una cadencia humana, tan humana. Un ritmo, una forma, algo tan escuchado, tan repetido en la Historia que se sintió abrumada. Hizo un esfuerzo por volver a escalar las paredes, por intentar salirse de la secuencia que no terminaba de comprender. La angustia crecía, sentía todas las muertes de las guerras, de antes, de ahora y del futuro. Quería dejar de escuchar, quería volver a la llanura negra, a la inseguridad de la noche del pasto, los bichos, el lobo. Prefería perderse en el silencio tenebroso de un bosque…

…Octubre de 1972, se logra un cese al fuego. Kissinger y Le Duc Tho (el enviado Norvietnamita) se dan la mano en París.

El 18 de diciembre de 1972, Nixon ordena un bombardeo intensivo en puntos estratégicos en los alrededores de Hanói y Hai Phong, Vietnam del Norte. Se los recuerda con el nombre de “los bombardeos de Navidad”. Un ciudadano de Vietnam del Norte rememora conmocionado: “En ese momento tenía diez años y pude verlo todo. Mi aldea quedó destruida. No quedó un solo árbol en pie. Los peces de los ríos murieron, al igual que búfalos acuáticos (pausa angustiante)…y personas. Seis de mis vecinos fueron asesinados, incluyendo una mujer que estaba embarazada.”

…Ella lloraba por cada ser humano en la tierra. Su cuerpo estaba más abatido que cualquier otro momento de los años que había pasado postrada. Por algún motivo que no entendía los espacios se habían confundido, los tiempos se habían mezclado en su cuerpo, en su mente, en su espíritu. Lloró como nunca lo había hecho en su vida, cerró los ojos en la oscuridad del dormitorio, en ese pueblo donde la velocidad de las cosas era escasa. Reunió todas las fuerzas que le quedaban para no escuchar más discursos y palabras, que llegaban del destello azulado de la televisión. Apagó su cabeza, quedó en el abismo…

 

Era una tarde de lluvia en el parque. La primavera quería imponerse, pero las nubes no dejaban que el sol hiciera su parte. Ella, ahora más grande, se arrastró como pudo, en dirección al caballo, que sufría sólo bajo el agua. Se quitó la campera, con gran dificultad, y le secó la cabeza. Esta vez, el animal se dejó, manso. Ella lloró entre el barro, la lluvia, y lo abrazó por el resto de la tarde. El caballo se quedó quieto, como el atardecer, que dejaba ver cómo las nubes desaparecían en el firmamento, mientras una finísima línea lejana levantaba los últimos y cálidos rayos de sol.

 

 

*Los fragmentos citados corresponde a la serie documental La guerra de Vietnam, realizado por Ken Burns y Lynn Novick.

 

Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar / Facebook: Juan Mnp

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