Fantasmas: Noche de cine et nada

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Agosto

Por Juan M Penino

 

“Tal vez todo se deba, simplemente, a que los fantasmas viajan. El fantasma funciona como protesta última contra la inmovilidad incontestable del muerto y, en cambio, la mayoría de las pocas personas con las que me he atrevido a conversar del tema me cuentan que a ellos los fantasmas se les aparecen cuando duermen. En el sueño, dicen, somos más permeables a la idea de lo imposible y los fantasmas se aprovechan de este instante de debilidad en el que lo real tiembla y se extingue como la llama de una vela golpeada por el viento. De ser esto cierto, la relación entre mi fantasma y los de ellos se me hace casi transparente: El viaje es también, si se lo piensa un poco, una de las formas del sueño”

La velocidad de las cosas

Rodrigo Fresán,

 

Viajaba en el colectivo, vuelta del laburo, cuando leí ese fragmento de ese libro de Fresán. Ahora pienso, que tal vez lo que estaba haciendo esa noche era soñar y que todo lo que percibía como realidad unívoca, no lo era para nada. Y todos los que habitábamos ese instante, un momento de lentitud y oscuridad universal, no éramos más que perfectos fantasmas. Y de estas apariciones y secuencias inmateriales está compuesta esta ¿nota de opinión? de la semana, en el Barrio Rivadavia de la ciudad de Mar del Plata / Batán.

Porque el cine es medio fantasmagórico, como todo el arte. Mucho más puede serlo hoy día si se tiene la posibilidad de observarlo en cintas fílmicas 16 milímetros, proyectadas sobre una regia pantalla, en el sub suelo de un local céntrico*1. Esta semana de invierno agostino tocó presenciar una película del director japonés Kazuo Kuroki El rostro de Jizo (2004). El film – nunca mejor dicho – forma parte de una trilogía sobre los bombardeos atómicos en Japón, durante la Segunda guerra Mundial, que se conoce como Réquiem de guerra. En esta, que es la última de las tres, se centra en la historia de una hibakusha, nombre con el que se conoce a los sobrevivientes de la bomba atómica. Más precisamente la película trata sobre los efectos emocionales, espirituales, que padece esa joven que ha salvado su vida por fortuna. Esta historia tiene la particularidad – dentro de la trilogía- de concentrar el argumento y apuntarlo casi exclusivamente a la relación de la sobreviviente y su padre muerto, dentro del mismo espacio: la casa familiar en ruinas, llena de restos de explosión y recuerdos de muerte, en medio de una Hiroshima posapocalíptica, en 1948. Ella está rodeada de fantasmas y le pesa toda la culpa. La culpa por nada menos que continuar viva. Y el fantasma mayor, su padre, la culpa más pesada, se le aparece como efecto de un salpicón inesperado que se produce porque la joven se ha enamorado. Esa es la linda interpretación que da el padre fantasma, interpretado de manera impecable por Yoshio Harada. Mejor valdría decir que esa aparición no es más que un producto del trauma, manifestándose insistentemente, dialogando con quien lo padece. Un trauma muy profundo y fuerte, que genera culpa, que vuelve a su víctima en una condenada al sufrimiento, a no volver a sonreír, una imposibilitada para el amor. Y cuántos de estos “terribles accidentes del alma” – en palabras de Guillermo Saccomanno – se cuentan en la Historia del mundo, por acción directa de la humanidad contra sí misma. La joven hace suya la afamada frase del filósofo Theodor Adorno, quien dijera que después de Auschwitz no se puede volver a escribir poesía. Los fantasmas de la segunda guerra también pesaban sobre él. Y la película se va desarrollando casi teatralmente, con diálogos que comienzan siempre en una situación familiar diaria / hogareña entre padre e hija, para ir aumentando la intensidad dramática hasta dejar al espectador lleno de angustia y tristeza, al borde de las lágrimas. Y al final uno se queda triste porque ese fantasma que se va despidiendo es de los buenos, es de las personas pequeñas y sufrientes que protege el dios budista Jizo. Y se siente en carne propia el dolor de la hija- interpretada espectacularmente por Rie Miyazawa – que queda allí entre las ruinas comprometida a continuar con su vida, aunque no pueda nunca evitar del todo llevar una vida fantasmagórica.

De fantasmas y cine están hechas estas noches, y ahora viajamos / soñamos hacia las pantallas modernas del decimocuarto Festival de cine independiente de Mar del Plata, el MARFICI 2018. Y de acá quiero destacar el documental de Agustín Argento, Facundo Caramelo y Juan Oribe, quienes pusieron su esfuerzo para corporizar un disco fantasma, que nunca se editó en nuestro país, pero que es una verdadera joya del rock nacional: Miguel Abuelo et nada. Un documental sobre el disco de Miguel Abuelo del que menos información y más misterio hay, que es una gran oportunidad para meterse de lleno en la etapa parisina del artista, que tiene un montón de fantasmagórico: mitos raros, informaciones falsas, surrealismo, lisergia y siete canciones que conforman uno de los mejores discos de su época y de todas las épocas. No espoileo más, porque todavía se puede ver*2. Lo que sí adelanto: para fin de año, finalmente, se edita el disco en Argentina.

Hoy es miércoles y llueve en la ciudad (in)feliz. Los tonos son grises, apagados (ver foto) y todes estamos atentes a las pantallas esperando por que se apruebe la ley de interrupción voluntaria del embarazo (el aborto legal, seguro y gratuito). Ya habíamos experimentado una sensación parecida con los discursos de los diputades. Hoy compruebo con mucho pesar que también hay presencias fantasmagóricas – pero de las monstruosas que dan asco y meten miedo – en la cámara alta. Pareciera que ampliar derechos a la ciudadanía no fuese el principal deber de les funcionaries.

Es como si los fantasmas, la culpa y los traumas estuvieran condenados a existir y marchar junto a la humanidad, por siempre. A lo mejor esto se revierte, la esperanza es lo último que se pierde, aunque no puedo evitar irme a dormir con amargura. En una de esas, mañana desayuno liberado de una culpa colectiva que tampoco me deja ser feliz plenamente. Es ahí donde venimos fallando. Por favor, que sea ley.

 

*1: Me refiero al Cineclub Dynamo, que se lleva a cabo todos los jueves desde las 20hs. En el Espacio Cultural Bronzini (Rivadavia 3422, sub suelo). Todas las proyecciones son a la gorra.

*2: Miguel Abuelo et nada se proyectará nuevamente el próximo viernes 10 de agosto, a partir de las 21:10hs. En la sala Soriano A de la Biblioteca Municipal.

 

 

Para más, contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

 

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