El nadador

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.

Soy el hombre que quiere ser aguada

para beber tus lluvias

con la piel de su pecho.

Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo

para tus lluvias mansas,

para tus fuertes lluvias,

para todas tus aguas.

Las aguas como lonjas de una piel infinita,

las aguas libres y la de los lagos,

que no son más que cielos arrastrados

por tus caídos ángeles.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.

Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas

aguas de los arroyos

se sostiene vibrante,

como en medio del aire.

Mi cuerpo que se hunde

en transparentes ríos

y va soltando en ellos

su aliento, lentamente,

dándoselo a aspirar

a la corriente.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada

hasta las lluvias

de su infancia,

que a las tardes crecían

entre sus piernas salpicadas

como alto y limpio pajonal que aislaba

las casonas

y desde sus paredes

celestes se ensanchaba.

Soy el nadador, Señor, el hombre que nada

por la memoria de las aguas

hasta donde su pecho

recuerda las pisadas,

como marcas de luz, de tus sandalias.

Y recuerda los días cuando el cielo

rodaba hasta los ríos como un viento

y hacía el agua tan azul que el hombre

entraba en ella y respiraba.

Soy el hombre que nada hasta los cielos

con sus largas miradas.

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.

Gracias doy a tus aguas porque en ellas

mis brazos todavía

hacen ruido de alas.

Héctor Viel Temperley

Antes que decir cualquier cosa, mejor dejar el poema entero del inmenso escritor que fue Viel, que aparece recitado en una de las escenas de la película de Fernando Spiner, La boya. ¿Y por qué? Creo que es la mejor manera de resumir de qué se trata, una historia que combina la amistad entre dos amigos – consagrada con ritual histórico que cumplen todos los años, nadar mar adentro hasta la boya -, la vida en Villa Gesell a orillas del mar, la poesía, el arte, la familia y el cine. Una suerte de resumen de la vida del propio Spiner, quien a partir del reencuentro con su amigo de la infancia – el poeta y periodista Aníbal Zaldívar – reconstruye la figura poética de su padre y la influencia del mar en sus vidas y en la del resto de artistas que decidieron desarrollarse en Villa Gesell. Entre los entrevistados aparecen los escritores Guillermo Saccomanno y Juan Forn, radicados en la ciudad costera hace años. Pero también es una película sobre les que vigilan el mar, les gurdavidas, les nadadores que se sumergen, la mayoría de las veces en soledad, con brazadas constantes y poderosas que siguen el ritmo de los versos del poema de Viel Temperley. Y la cámara te invita a sumergir la cabeza y el corazón en ese infinito cúmulo de agua salitrosa y bamboleante, mientras de fondo una música te acaricia y los versos de algún poeta te ayudan a mantenerte a flote, siempre atento, buscando el símbolo final que reúne las partes, que es esa boya.

Una bellísima obra de Fernando Spiner, que pudo realizar en su comunidad, con su familia y sus amigos. Si quedaba alguna duda, el intercambio con el público al final de la proyección dejó en claro que todos los que estuvimos presentes compartimos las mismas – o similares mejor dicho – sensaciones.

*Dato: La película fue invitada pero fuera de competencia. En la sala estuvo presente el poeta Aníbal Zaldívar y la hija de Fernando Spiner, quien estuvo a cargo de la parte musical.

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