Connect with us

Opinión

Eclipse

Published

on

Por Juan M Penino y Cristian Román Habarna

 

Luna dame

agua porque

aire fresco

salimos a buscar

estamos tratando.

Tratando de amarnos más

 (Ácido, Bándalos chinos)

 

Según afirman distintos analistas, astrólogos, meteorólogos, espiritistas y políticos en campaña, el eclipse es un momento ideal para el cambio. Según lo veo yo, cualquier tipo de señal es factible de ser utilizada como punto inicial para algo. Desde una transformación ideológica hasta pintar las paredes de una habitación con un color diferente. El rango y la calidad de la transformación es variopinto, heterogéneo y, muchas veces, suele ser una boludez. Por ejemplo, yo volvía caminando a casa esa noche de la luna roja, por la misma calle de siempre, por el mismo barrio de toda la vida, con los mismos personajes, las mismas casas, las mismas sombras, los mismos fantasmas. Lo que fue distinto es que venía de presenciar el recital de Bándalos chinos y eso me había dejado de muy buen humor. Es lo que producen tanto la banda en vivo como su disco “Bach”, dos experiencias que recomiendo fervientemente. Pero eso había sido previo al eclipse, el desafío planteado es comenzar un cambio – o al menos el inicio de – a partir de ahora…ACEPTAR, F5 – click acá y arrancamos otra vez-…

 

  • Madrugada de lunes, hace un calor de locos, ningún calzoncillo aguanta, me quedo en pelotas mirando el techo del monoambiente y me clavo un litro de cerveza fría ¡Siiiiiiiiiiiiiiiii!, qué buena manera de empezar la semana, a lo mejor por acá todo se transforma, desde el pie. (¿Yo, hoy?).

  • Te digo de verdad, el barrio no da más ¿Vos viste lo que son las calles, los cráteres que hay? ¿Viste la cantidad de gente desesperada esperando por que algo pase mientras se llena de pibes comprando y vendiendo droga? ¿No viste? ¿Qué cambio boludo? Lo único que cambió acá es que ahora está bien de moda ser garca, así nomás te lo digo. (La persona que dice esto espera el 554 sobre la avenida Jara, a la altura del club Alvarado, la mañana del martes). ¿Vacaciones? ¿Vos me estás jodiendo?, etc.

  • Juega en un club mexicano que se llama…no me acuerdo bien, es un animal. No, Tigres no, pero creo que es un felino también, León o Leones ¿Puede ser? Bien, te digo que sí, ese Rubens Sambueza, el flaquito zurdo, volante por izquierda, tiene ahora como 35 años y juega en ese club, lo ví ayer a la noche en la tele. El tema es que ahora juega de volante creativo tirado e la derecha, cosa que enganche para adentro todas las jugadas ¿entendés? Un zurdo que juega por la derecha, ¿te das cuenta, no? Lo podemos usar como un símil para criticar a algunos políticos. No digo que lo de México sea así al cien por cien, habrá que ver cómo sigue el AMLO ese, híjole. Lo que sí te puedo decir es que ese Sambueza, ¿jugaba en River, te acordás?, cuando terminó el partido le metió un manotazo en la cara a un rival, creo que era Tijuana o Guadalajara, lo mismo da. Se armó una batalla campal que se frenó de repente, con el mismo ímpetu con el que había empezado. ¿Qué hizo el árbitro? Le sacó amarilla a Sambueza y al otro con el que se había agarrado. ¿Cómo Pilatos? Claro, eso de lavarse las manos, que algunos interpretan que es hacerse el distraído. Yo pienso lo contrario, es tomar una decisión, y muy fuerte…muy fuerte. (Palabras dichas por un amigo el martes por la noche, en una playa del sur)

  • La película se llama Corazón borrado y actúan el pibe que hizo del creador de Facebook, el del gladiador y Nicole Kidman. Los dos últimos son los padres del pibe, que hace de un homosexual adolescente de uno de esos pueblos bien conservadores que tienen los yanquis por todas partes menos Nueva York. Entonces, como el padre es una suerte de pastor protestante muuuuuy comprometido con la causa, toma la homosexualidad del pibe como una enfermedad y lo mete en un programa de rehabilitación, que manejan un par de enfermos extremistas, de esos que tanto quiere Trump. Obvio que las cosas salen para el tujes, pero no te quiero adelantar nada, mirá la película que está genial. (Esto lo comenta una vecina del barrio Rivadavia, la tarde del martes en un almacén del centro. A veces, se tiene suerte).

  • Te digo que eran una docena de patrulleros y como veinte policías rodeando lo que parecía ser la reencarnación de Pablo Escobar en la ciudad de Mar del Plata. Me acerqué, por curiosidad, como todo el mundo. Es algo natural, cuando se llena de sirenas, patrullas y ratis todos queremos ver qué mierda está pasando. Y resulta que tenían acorralado contra el piso a uno de los tipos que cuidan coches todos los veranos. El pobre cristo me reconoció y me pidió que le avisara a su compañero de siempre, que por supuesto yo conozco. Continué acercándome para escucharlo mejor y decirle que se quedase tranquilo, que yo le avisaba al otro muchacho para que le informara de su situación a su esposa, ya que iría a estar demorado quién sabe hasta cuándo. La mitad de esos canas me salieron al cruce, me pechearon, me amenazaron y me tuve que ir, a lo mejor, si seguía insistiendo, me pegaban un tiro y al otro día soy una noticia más de los policiales de los noticieros, mis quince segundos de (in)fama. (Lo comenta un hombre, el martes a la noche en una cena en un local de la costa. El hecho que describió sucedió frente a las playas que equipó la gobernación de la provincia de Buenos Aires. Al pibe lo agarraron por estar cuidando coches. Tenía un par de porros y parecía haber tomado una cerveza en esa jornada de calor).

  • Fijate qué enero de mierda que está pasando la ciudad. Los días son desparejos y los turistas no gastan un mango. ¿Y me vienen con eso del eclipse y los cambios? ¿Sabés qué pasa? Acá nadie quiere laburar. Fijate los trapitos y esos maleteros que ahora se quejan. ¡Te cobran los que se les canta el culo por no hacer un carajo! Ahí está el problema de este país. Vos me dirás que estoy loco, pero con Olmedo de presidente estas cosas no pasarían. Y lo voy a votar, sin duda. (Esto lo dijo un jubilado en una oficina céntrica de una compañía aseguradora, el miércoles por la mañana. Quien lo atiende mira para otro lado, con la cara pálida, como a punto de vomitar).

  • ¡Naaaaaaaaa! ¡Otra vez lamiéndole el culo a los yanquis! ¿Para eso nos metemos contra Venezuela? Que asco. Pensar que las cosas parecían haber cambiado para siempre con UNASUR, que militaba por la paz en la región. Ahora corremos atrás del principal auspiciante de golpes de estado en el mundo, comandado por el pato Donald. Estamos jodidos, bien jodidos. (Jueves por la mañana en el corazón del barrio Rivadavia, hace calor, opina una tía a la que no le quedan pelos en la lengua).

  • Querés cambiar, pero la verdad es que la luna sigue siendo la misma y así se va a morir, no creo que le importe mucho cómo carajos la refleje el sol, y mucho menos cómo mierda la veamos nosotros desde un planeta insignificante en el universo. Pero si te hace falta, si querés sacar interpretaciones para poder seguir levantándote con ganas todos los lunes, dale para delante nomás. Los seres humanos necesitamos sostenernos de algo, para no sentirnos tan desolados. Pasa que a veces nos angustiamos y no nos damos cuenta lo fácil y hermoso que resulta decirle a otro te quiero. ¿Cursi? Puede ser, tanto como mirar la luna eclipsada y bailar una tonta canción de amor. (Lo último lo dice cualquiera, espero que exprese la voz de más de uno, más de una, más de une).

 

Termino de recolectar voces por acá FIN, ESC – click- y me voy a seguir sembrando la semana, quizá la cosecha sea mejor en el próximo eclipse…

Y todo lo que hay ahora

Y todo lo que se ha ido

Y todo lo que vendrá

                                                   (Eclipse, Pink Floyd)

 

 

*Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

 

Continue Reading
Click to comment

Deja un comentario

Opinión

Visita en la clínica

Published

on

Hay una ciudad en el aire,

Una ciudad casi invisible suspensa,

Cuyos vagos perfiles

Sobre la clara noche transparentan,

Como las rayas de agua en un pliego,

Su cristalización poliédrica.

Una ciudad tan lejana,

Que angustia con su absurda presencia

                                                    (Leopoldo Lugones “La blanca soledad”)

 

Había llegado a horario. En el mensaje de guasap estaba bien claro: “la terapia tiene horario de visita bien restringido, a la tarde, es de 19:30 a 20, no te cuelgues” Y no se había colgado, había estado pensando en su hermano de la vida todo el día, pasa que el momento de acercarse para verlo ahí, en ese lugar tan poco apropiado, lo tenía tenso y con miedo. ¿Miedo? Algo así, porque verlo en tan mal estado, a su hermano de la vida, era como verse a sí mismo en un espejo, y eso no sabía cómo iba a poder sobrellevarlo. Entró en la clínica, un guardia con cara de aburrimiento e indiferencia lo recibió y le señaló el lugar de espera para familiares y amigos de les enfermes. Era un reducto cuadrangular, con cinco hileras de seis sillas incómodas pegadas en continuado, apuntando todas hacia una pared, que tenía un cartel que rogaba silencio y respeto al horario de visita, y un televisor de cuarenta pulgadas, que pasaba partidos de tenis sobre polvo de ladrillo, de jugadores completamente ignotos. Reconoció a la mujer de su hermano de la vida, que estaba sentada esperando, con cara de cansancio y preocupación, el rostro de los que aguardan un cambio de suerte. La saludó y se sentó al lado. Ella le contó cómo iba la situación, lo que le había dicho el doctor, cómo seguía la evolución del paciente y cómo estaban de ánimo los dos. Él la contuvo como pudo, trató de darle todas las esperanzas sin saber qué estaba pasando a ciencia cierta. Cada rato quedaban en silencio mirando a los tenistas correr y patinar en el polvo del ladrillo de la televisión, devolviendo la pelotita amarilla de un lado al otro de la red. Él pensó que los tenistas sabían que los estaban viendo desde una sala de espera en una clínica, y que por eso sostenían constantemente rostros serios. Hasta los espectadores ponchados por las cámaras de la transmisión televisiva, parecían saber quiénes los miraban, porque apenas si hacían alguna mueca muy recatada, para mostrar algo de empatía para con alguna jugada bien resuelta. Era como estar en un teatro, pero directo en el escenario, toda una farsa montada para el momento del ingreso a la terapia intensiva. El ansiado y complejo instante llegó para él, las siete y media de la tarde. Fuera, ya no quedaba luz natural y los horizontes se habían perdido en opuestas direcciones, todos al mismo tiempo. El mar, con su ruido de espuma y sal, completaba la banda sonora del fin de la jornada en la ciudad (in)feliz. Se limpió las manos, como le habían indicado, con un recipiente de alcohol en gel. Se dirigió a la habitación donde estaba su hermano de la vida, pero alguien le interrumpió el camino, con una voz animada que rompió el silencio hospitalario:

  • ¡Juancito! ¿Qué hacés acá?

Se dio vuelta hacia la habitación 103. Allí reconoció a un viejo amigo, que hacía mucho no veía, y que estaba sentado en una camilla, conectado con unos cables a un aparato de esos de terapia intensiva. Lo saludó sin saber mucho cómo reaccionar. Le preguntó en voz baja por qué estaba ahí, y se enteró que ese viejo amigo había tenido un infarto, que el corazón le había fallado, que mucha mala sangre, que la ciudad se lo estaba devorando, que una tarde no aguantó, que fue demasiado para él ver muerto a su gato en la puerta de la casa. Él lo lamentó mucho y le explicó que estaba allí porque su hermano de la vida había enfermado.

  • ¿En serio? Mierda, somos una generación hecha pelota. Menos mal que vos, todavía, andás bien.

No supo qué decir. Pensó que su camino era el mismo, que estaba más cerca de lo que pensaba de estar tirado en una camilla conectado a los aparatos hospitalarios, rezando por poder ir al baño y cagar por sus propios medios, contando los minutos, como un preso, para que llegase la comida de la noche, el desayuno y el almuerzo.

Como sea, continuó hacia la habitación 105, donde aguardaba su hermano de la vida, con el alma y el cuerpo enfermos, cansados. Llegó a la puerta, que estaba cerrada, golpeó despacito y un hilo de voz casi desvanecida le respondió “pasá”. Asomó primero la cabeza, luego saludó con voz baja y suave. Metió el cuerpo entero en la habitación y se acercó a la cama, esquivando aparatos. Su hermano de la vida estaba allí, tratando con todas las fuerzas – que eran muy pocas – de dibujar una sonrisa en su rostro enflaquecido y empalidecido por la enfermedad. “Qué hacés pichón”, escuchó que lo saludaba como siempre. No estuvo seguro de que el saludo lo hubiese podido pronunciar entero, pero no hizo falta. Era su hermano de la vida, lo entendía con solo un gesto, un movimiento. El cuerpo del enfermo estaba como aplastado, como si la gravedad se aprovechase de la debilidad y fuese mucho más severa con él. Entre las sábanas asomaban los cables que conectaban al cuerpo con eso otro externo, esas máquinas inexpresivas, que no entendía. Tomó su mano y lo saludó otra vez, quiso sonreír, nunca supo si pudo. Comenzó a decir una catarata de pavadas, como para dar ánimo. Deseó que lo que quedaba de su energía se traspasase a su hermano de la vida, porque lo quería ver otra vez sonriendo con ganas, contando anécdotas, chistes, tomando una birra y jugando a la pelota. Todo lo que estaba tan lejos de la enfermedad, de los aparatos de terapia, de las sábanas blancas – tan blancas -, de la sala de espera, del guardia con cara larga, de las sillas incómodas, del partido de tenis en la tele, del alcohol en gel…

Repentinamente, el tiempo de visita se había terminado. Una madre despedía a su hija en la cama de al lado. La muchacha dormía por efecto de la morfina, había un dolor muy grande en el aire. Él contuvo un par de lágrimas que lo venían amenazando hacía días, no quería mostrarlas en ese momento, no debía. Volvió a tomar la mano de su hermano de la vida, le dijo que todo iba a salir bien y que se cuidara, que en unos meses estarían los dos brindando y hablando de River y del Muñeco Gallardo y de cualquier cosa, lo más alejados que pudieran de esa situación, que ya sería un vago recuerdo. Se refugiaron en el futuro, los dos. Él se fue, saludó a los demás visitantes y salió del espacio clínica rumbo a la parada del colectivo. Pensó en la ciudad, ya de noche. En sus habitantes que se le hacían cada vez más lejanos, en las luchas vanas por cualquier cosa, en el frío y los largos inviernos, en los desencuentros, en los viejos resentimientos, en el amor trunco, en la vida, en la muerte…Todo le pareció mentira, demasiado poco para ser realidad. Caminó por la costa al bajarse del micro. Contempló la blanca luna que se reflejaba en el mar, como nadando en la fría noche. No entendió tanta distancia, ¿por qué había aparecido? ¿Por qué sentía una lejanía tan grande con aquel lugar, con cada uno de sus espacios, con sus habitantes? Llegó al departamento exhausto. Antes de acostarse, chequeó en internet los resultados de los partidos de tenis del día, en el polvo de ladrillo. El tenista que se suponía que iba a ganar, lo había logrado en sets corridos: 6-3, 6-4, 6-2. En la foto, el ganador, apenas si sonreía.

 

*Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

Continue Reading

Opinión

Personajes fantásticos y dónde encontrarlos

Published

on

Hay personajes que son imprescindibles en la historia, hay otros que bien podrían no estar. Esta semana en la ciudad (in)feliz reapareció uno de estos que se ubican en el segundo grupo. Hizo uno de esos comentarios desagradables que acostumbra a compartir con sus seres queridos, a los que tortura con su presencia todos los domingos en los almuerzos familiares. Y levantó polvareda, porque es así, les marplatenses más famoses son les que dicen las pavadas más extravagantes. Es la manera correcta de lanzarse a la arena pública: decir una boludez. Yo lo intento seguido y logro una repercusión interesante en el chino del Barrio Rivadavia, donde ya me conocen y saben que lo hago para tratar de llamar la atención, sacar alguna sonrisa y – con mucha suerte y viento a favor – un pequeñísimo descuento en algún producto, del insólito programa fantasma precios esenciales. Ahora vamos a la frase que utilizó el Dr. White para hacerse tristemente célebre esta semana, y alcanzar envergadura nacional en los diarios porteños: “¿No tenés obra social o te gastás la guita en choripanes?” Siendo Secretario de salud – y ser humano con dos dedos de frente -, la frase es desatinada y muy ofensiva para con el vecino al que agravió por una red social. Pero no es la intención de esta nota quedarse con el análisis de las pavadas que hace el Dr. en sus horas libres – imagino que desde ese genial consultorio que tiene en uno de los barrios más chetos de la ciudad – sino, más bien, repasar algunos personajes que tenemos como incorporados en la vida, pero que mejor sería que no. Lo primero, entonces, es advertir que en la ciudad, nuestra Twin Peaks, tenemos mejores voceros que Dr. White, que no nos representa para nada, aunque ocupe un cargo público en la actualidad. Hace tiempo, también había comparado a una mujer en situación de calle con un perro, en fin. Hasta acá con este personaje que sería mejor dar de baja esta temporada.

Otro de esos personajes, en este caso sería como uno de los más malos de la serie, es el deshonroso juez Hooft, eterno defensor de los peores criminales de la dictadura cívico militar, edición 1976 (la más sangrienta y cruel). Resulta que esta semana, el gobierno lo propuso como candidato a Juez Federal en la ciudad. Por suerte no hubo quórum, pero el solo hecho de que lo sigan apuntando para un cargo tan importante, bueno, habla a las claras de que hay guionistas de los peores ocupando la Casa Rosada.

Y como si fuera poco, la realidad se impone a la ficción. Esta semana se estrenó la tercera temporada de El cuento de la criada, esa distopía en tono feminista que creara la genial escritora canadiense Margaret Atwood en 1985, y que recién ahora consigue el merecido reconocimiento. Pero lo sucedido en la Capital del país no tiene que ver con la oscura y súper nazi Gilead imaginada por Margaret en su novela, sino con nuestra Argentina de hoy. Resulta que también esta semana, comenzó el juicio contra una mujer acusada de haber besado a su novia en la estación de Constitución, o sea castigada por ser lesbiana. Justo en la semana de la marcha de “Ni una menos”, la marcha que nos interpela como sociedad para que hagamos el esfuerzo necesario por ser mejores humanes, más comprensives, más amables, menos ortivas y asesinos. Pero bueno, todavía hay que enfrentar estas injusticias. Recomiendo poner la lupa sobre esta tercera temporada de El cuento de la criada y evaporar los prejuicios de nuestros cuerpos y corazones.

Toda serie tiene su institución maldita, o debería tenerla. En nuestro caso no hay duda de que es el Fondo Monetario Internacional, que opera (ya no tanto) desde las sombras como el mal mayor, quien retiene el máximo poder en el país. Pero hay personajes importantes en la serie nuestra de cada día, que todavía no se dan cuenta de cómo debería ser una buena cooperación de un organismo internacional. Para elles van estos siguientes puntos a considerar: 1) Cuando no pretenden dirigir y controlar el proceso 2) Trabajan con equipos de la propia nación a la que ayudan 3) El objetivo es que el país “ayudado” sea el que construya la propuesta 4) Asume que el proyecto es del país 5) Deja capacidades instaladas 6) Da ejemplos de aquello que predica 7) Mantiene perfil bajo y baja visibilidad 8) Rinde cuentas ante el país al que está ayudando 9) Se responsabiliza de sus errores, aprende y se rectifica 10) Coopera para el desarrollo del país 11) Trabaja expresamente para volverse prescindible, no para perpetuar la dependencia. Estos puntos no los inventé yo, sino que los tomo de Rosa María Torres, una pedagoga, lingüista, comunicadora y activista social ecuatoriana. Ahora, preguntémonos juntos ¿Cuántos de estos puntos de buena cooperación internacional cumple el FMI? Insisto, gran villano de nuestra serie diaria.

Hay algo que me gusta mucho, casi como a todo el mundo, y es ver series de suspenso. Sobre todo, las que más consumo son las que tienen a un pueblo o pequeña ciudad como protagonista. La insuperable para mí es Twin Peaks, pero ya la ví demasiadas veces, tengo que seguir adelante. Ahora, me estoy poniendo al día con otra que se llama Riverdale, que tiene un tono parecido a la icónica serie de David Lynch, pero que es un poco más goma, más adolescente. Sin embargo, está esa misma cuestión del territorio maldito, el lugar tranquilo donde uno habita y que pensó que era el más seguro del mundo, que esconde cosas que mejor no querría saber. Entonces hay historias oscuras, seres horripilantes que aniquilan la idea de lugar perfecto, que destruyen la inocencia de les adolescentes, que se van volviendo tan oscuros como el bosque y el río que siempre están bordeando al pueblo y esconden algún cadáver. Primero les inocentes pibes se pierden en peleas bobas de secundaria yanqui, uno de ellos muere asesinado, después se empiezan a enterar de los secretos tremendos de sus padres, luego pasan a investigar crímenes y a ponerse en peligro, para después volverse cómplices e instigadores de todo eso oscuro que les amenazaba en un principio. Y en eso estaba, el miércoles por la noche, con un poco de frío en el Bernardino Rivadavia, y el nuevo video de Bándalos chinos de fondo – que dejo al final de la nota, para que vean qué onda – y una birra siempre al lado, con todas estas cosas en la cabeza, pensando que un poco todos los terruños son así, todos los lugares tienen sus personajes y sus historias ocultas. Nosotres, como en las series, empezamos bien inocentes y aferrados a creencias y costumbres que después, inevitablemente, se irán transformando. Se entiende y es así y no necesariamente todo cambio es malo. Pero debemos ser conscientes de ese lado que no nos gusta, y que siempre va a estar ahí, conviviendo con nosotres, encarnado en esos personajes que por desgracia son más reales que cualquier intento imaginativo de guionista de Netflix.

Hoy terminamos el episodio acá, con un avance para el que viene: habrá buenas noticias de un viejo amigo, habrá historias de hospital y algún análisis político sobre las encuestas y demás cuestiones. Seguiremos recomendando cosas, leyendo y compartiendo poesía. Todo, por supuesto, desde el cruce de las veredas en Francia y Castelli, en pleno otoño, esperando por el invierno esclarecedor…

*Una recomendación más: el sábado 8 de junio a las 17 hs, en el Espacio Cultural Bronzini (Rivadavia 3422), la escritora marplatense María José Sánchez presenta su tercer libro de poesía «Que venga». Quedan todes invitades a pasar un lindo momento con la autora y sus versos.

*Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

Continue Reading

Opinión

Cuatro relatos, un poema y algunas observaciones desde el barrio

Published

on

Si nos vamos a dejar llevar por el mercado y sus caminos con auspicio, estamos condenados a la muerte cultural. Algo así, palabra más palabra menos, escuché decir a alguien, el otro día, en el supermercado. ¿No me creés? Está bien, pero puede ser que te pase algo similar en cualquier instante de tu vida, si prestás atención. No todo sucede por las aplicaciones del celular, esa es otra de esas verdades barriales que también llegó a mis oídos, directo desde la vereda de alguna calle en el barrio Bernardino Rivadavia. Obvio que hay un montón de otras frases que sí son intranscribibles, como esta: «andate a cagar gato, que te chupe la pija tu viejo». En definitiva, no hay jerarquía y todas las voces nos conforman. Y cuando hilvanamos varias frases juntas, con un sentido argumental, tenemos lo que yo llamaría una historia. Y si estamos parados en la esquina de Francia y Castelli, una fría tarde de otoño en la ciudad de Mar del Plata / Batán, bueno, podemos decir que hay un pedacito de identidad, que forma parte de la cultura, que vale la pena intentar contarla por el solo hecho de que algunas voces cercanas se escuchen, un cachito más al menos:

  • Un joven se acerca a la playa para observar el mar. No aguanta las ganas de surfear, pero no hay una puta ola. Un viejo lo advierte, sale de la casilla de guardavidas, que es su casa en invierno, y le pregunta si no le podría dar un paquete de algo: yerba, fideos, lo que sea. Se conocen de vista, de habitar el mismo territorio. El joven lo saluda y le dice que sí, que tiene un paquete de yerba, que en cinco minutos se lo alcanza, vive cerca. Cuando regresa, el viejo lo espera sentado en la arena. La postal es otoñal y muy solitaria. Mucha gente pasa caminando por arriba, por la vereda, pocos se acercan a la arena, como si fuese suelo prohibido. El joven se sienta al lado del viejo, le da el paquete y le pregunta por qué vive en la playa, por qué no va a uno de esos centros para gente en situación de calle. El viejo no lo mira, sigue con su vista metida en el mar, le contesta que para qué, de qué le va a servir eso, si el desprecio va a seguir ahí carcomiendo su alma hasta que un buen día…

  • Una piba sale del cine en el intervalo, acaba de ver una de esas películas de súper héroes y heroínas. Se va hasta el quiosquito, pide un café. La amiga la sigue detrás, le pregunta qué le pareció la película hasta ahí. Con el café en la mano, le contesta que una mierda, que siempre es la misma historia, que por más que haya extraterrestres y viajen por el universo entero resulta que siempre hablan yanqui, y hacen chistes como los yanquis y solucionan los problemas como los yanquis creen que solucionan los problemas. La amiga la mira con cara de fastidio, porque ve que no está dispuesta a relajarse un poco, ni en el cine. ¿Y quién te dijo que el cine sirve para dejar de ser humano?

  • Un tipo entra a robar en un comercio de barrio. Quien atiende le explica que no tiene dinero, que no vendió nada en toda la mañana. El tipo con el arma en la mano se lamenta, toma un par de cosas que imagina importantes, le sustrae el celular y se va. Los dos piensan que es un mal día en el barrio. ¡Me cago en Dios!

  • A lo lejos vienen andando en bicicleta dos personas mayores de cincuenta, por el camino asfáltico del parque Camet. Una le cuenta a la otra que hace añares, cuando tenía catorce más o menos, su padre lo llevaba allí a jugar a los juegos, cuando había juegos, y a montar a caballo. Era el único instante que recordaba de su infancia / adolescencia en el que veía a su padre feliz. No era un tipo muy comunicativo, pero qué se yo, cuando caminaba por el parque, como que la cara se le transformaba. Hasta parecía un buen tipo, te juro…. La otra persona que escuchó la historia, sin dejar de pedalear, se enterneció y contó la suya que, palabras más, palabras menos, dice así:

La llevaron dos hermanas, un mediodía de otoño.

Hacía frío, pero no había viento en la costa.

Bajaron a la playa, ella en el medio, asombrada,

apenas reparó en un hombre que venía delante,

que la miró soñando con alguna señal.

Ella estaba conmocionada, caían lágrimas de sus ojos.

El mar estaba ahí, más azulado que nunca.

Recordó su adolescencia pasada:

“Yo tenía catorce años, me acuerdo como si estuviese pasando ahora.

Él no me quería, pero cuando me llevaba a la playa

parecía el hombre más feliz del mundo.

Yo, corría tras las olas, con mi hermano más chico.

Parece la vida de otras personas, y es un recuerdo mío”

Las hermanas evitaron mirarla,

cualquier acontecimiento previo

a la vida en el monasterio

no tenía sentido para su mezquino Dios.

Pero ese vaivén de espuma azul y blanca,

la hizo recordar,

tuvo la certeza de que si existía un Dios,

estaba en la arena,

en el pasado,

con su recuerdo.

Lo demás, solo espuma estancada

en las escolleras, un mediodía

frío,

en la playa.

 

De alguna forma todos los relatos se unen porque, aunque no parezca, estamos juntes y somos iguales. Transitamos el mismo espacio, comprendemos los símbolos que sabemos manipular y formamos parte del mismo tiempo. Solo que, a veces, nos dejamos olvidar.

Para todo lo demás, están las industrias culturales.

 

Hoy escuchamos:

*Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

Continue Reading

Trending

Copyright © 2017 Zox News Theme. Theme by MVP Themes, powered by WordPress.