DOS DÍAS EN LA VIDA

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Por Juan M Penino

 

 

La cámara no borra las fronteras políticas de la visión.

Lo que muestra el plano es un recorte de la realidad.

 

Estas dos frases  extraídas de una clase de cine documental pueden aplicarse, casi de la misma forma, a la escritura. En fotografía y en cine está claro, lo retratado / filmado es un fragmento de la realidad, que además tiene un director / fotógrafo con su determinado punto de vista. ¿Qué lo determina? Pues el lenguaje, desde que cae en la cultura, poniéndonos lacanianos. Ahora pasemos al recorte más difícil de seguir, el de la escritura. Lo que puse hasta esta coma, está perfectamente planeado por la Historia. La de los ganadores, la de los dueños del mundo que quedaron en pie. Ellos me determinaron con su cultura y sus cuestiones. Serían algo así como mi límite pre-histórico. Ahora bien, salgamos del determinismo. Es domingo a la tarde en Las Brusquitas, un barrio costero a pocos kilómetros del arco de ingreso a la ciudad de Miramar. Mañana, como es sabido – lástima que ya pasó – es feriado. Se movió el aniversario del paso a la inmortalidad – decir muerte o fallecimiento le quita gloria y glamour – del general Don José de San Martín nada más que cuatro días. Igual poco importa, porque para el gobierno actual es más importante conmemorar el cumpleaños del mago sin dientes, un verdadero emprendedor amigo de españoles monárquicos que escriben tweets condenando el terrorismo que, ahora sí, pasó un poco más cerca de sus dominios.

Decido quedarme a dormir en una pequeña- mínima – cabaña en medio de la nada misma. Esa nada es un conjunto de terrenos sin construcción que una inmobiliaria de la zona se apropió y vende sin culpa, repitiendo una costumbre argenta de antaño. Otra vez, esa pre-historia persistiendo. Pero yo quiero quebrar con eso, al menos, un fin de semana. En completa soledad me quedo a pasar la noche en la cabaña. No hay tele, no hay radio, no tengo celular, no hay computadora para chequear el nuevo capítulo de GOT – por eso esta nota no tiene spoilers, aunque intuyo otra derrota de Jon Snow-. Ni siquiera hay demasiado para comer en la cabaña: solo dispongo de dos bananas, una mandarina, una manzana, tres empanadas de carne, dos litros de agua potable, té, un cuarto de pan viejo, una libreta, una lapicera, un libro (Estrella distante de Roberto Bolaño, que no va a tener casi nada que ver con esta historia) y una cámara fotográfica. Me dispongo a preparar una comida mínima para irme a dormir liviano, cosa de levantarme al otro día temprano y salir a caminar por la costa de regreso a Mar del Plata. Las restricciones son claras: el tiempo que tengo para ir de Brusquitas hasta el Faro será desde la salida del sol hasta su caída. No podré comprar absolutamente nada más que lo que ya dije que tenía y mucho menos queda permitido hacer dedo o tomar un bondi.

Temprano, sobre las siete, el sol pone a cantar a cada ser vivo de la naturaleza que posee esa capacidad. Imposible seguir durmiendo. El frío castiga la cabaña que carece de calefacción. Yo estoy en posición fetal, metido en una bolsa de dormir, con un poco de hambre porque la cena solo estuvo compuesta por las empanadas, una manzana y tres teses – mecanismo de calefacción eficiente por escasos minutos -. La mañana fresca me obliga a esperar a que el sol caliente un poco más al planeta, caso contrario el entumecimiento del cuerpo podría jugarme una pésima pasada. Ese es el momento de tomar el té que queda y entrarle al libro de Bolaño. En algún momento ya lo había leído, pero creo que me había dejado una sensación distinta. La historia de Estrella distante ya estaba bosquejada en La literatura nazi en América, esa falsa antología de escritores nazis que el chileno publicara en 1996 como una suerte de parodia de los diccionarios de literatura. La última historia en ese libro era la del poeta aéreo (de verdad este personaje escribe su obra con humo de avioneta en el cielo) Ramírez Hoffman, el infame, y es la misma que retoma esta novela que me acompaña el día feriado. En Estrella distante, el nombre Hoffman es reemplazado por Alberto Ruiz Tagle, que luego será reemplazado por Carlos Wieder, para luego perderse en un abismo de heterónimos de dudosa veracidad. ¿Serán la misma persona? En la ficción – que todo lo puede –  sí. Este poeta extraño se irá transformando en un monstruo desde el inicio en un taller de poseía hasta sus extravagantes vuelos poéticos y su, por demás terrible, exposición fotográfica en épocas del terror pinochetista. No es mi intención espoilearles el libro, ni hablar mucho más de la novela o su autor. Solo quiero comunicarles cómo se dio ese día feriado en mi vida. A mitad de mañana finalizo el libro y me quedo pensando, una vez más, cómo carajos puede un poeta ser una persona así de monstruosa. ¿Y quién me dijo a mí que un poeta es otra cosa distinta a un monstruo?

Vuelvo a la vida ¿real?. Acomodo lo que me queda en la mochila y voy saliendo, pues antes de peregrinar hasta el Faro pienso ir a sacar fotos en la zona de los médanos de San Eduardo. El día, afortunadamente, acompaña. Comienzo la larga caminata que, las primeras horas, es una verdadera algarabía. Entre los médanos las fotos quedan muy bien, las playas por toda esa zona son más bien vírgenes, no anda un alma y hay una cantidad importante de estructuras de balnearios abandonadas, donde consigo reparo y me quedo respirando como hacía mucho tiempo no hacía. ¿Me había olvidado de respirar? ¿O será que me enseñaron mal? Más bien creo que no se estila enseñar a respirar, es una herramienta peligrosa. Continúo la larga caminata a la vera de la ruta, donde hay una suerte de rosario de santuarios rojos para el gauchito Gil. En cada uno de ellos, se lee un fragmento del best seller cristiano, el Nuevo Testamento. ¡Y casi todas las palabras del “maestro” van dirigidas a Juan! Por desgracia, ese maestro no dice cómo respirar frente al mar una mañana de feriado y olvidar el hambre. El camino se vuelve pesado pasando el mediodía, las piernas comienzan a agotarse y el hambre ataca sin piedad. Hora de parar en una playa y ensayar un almuerzo con lo que queda. Una de las bananas ya me la había comido en las primeras horas del viaje, por lo que el almuerzo consta de pan, unos tragos de agua y la mandarina. Si mal no recuerdo, solo me quedarán una banana y medio litro de agua. ¿Será suficiente para llegar al Faro o tendré que rendirme y hacer dedo? Lo segundo, la salida confortable, no es opción (el que abandona no tiene premio). Necesito que este recorte de la realidad funcione así, para luego poder escribirlo. Como decía, el almuerzo es en Playa Virgen, donde aprovecho para descansar sacándome las zapatillas y observando a un grupo de surfistas “hacerse” el día. Retomo la senda y, ahora, lo que llama la atención son los distintos murales que se ven en las paradas de los colectivos y en las ruinas de balnearios que ya son un recuerdo. Me quedo con uno, ejemplo de eclecticismo: una mujer morena – como indicaría el imaginario de la pacha mama – desnuda – solo se ve desde la cintura para arriba, como la Venus de milo –  emerge de entre unas flores coloridas, mientras con sus brazos rompe unas cadenas que la mantenían en cautiverio – igual que el mito de Andrómeda -. Tantas referencias aturden, algo así como la catarata de alegorías de la película The Wall. También hay que agregar que en Barrio Chapadmalal hay un graffiti en apoyo al pueblo palestino y un gran número de stencils con números de taxis y remises para caminantes – como yo – que estén a punto de rendirse. Queda poca agua, la tarde empieza a perder nitidez y brillo, los pies parece que se me van a reventar, la cabeza me late más que el corazón agitado, los labios me arden de tan paspados. ¡Pero estoy a un kilómetro de lograr esta pequeña hazaña, que demostraría que no soy tan burgués! Ya pasaron más de siete horas y cuarenta kilómetros de caminata, el Faro se ve cada vez más grande, y cuando me dispongo a realizar los últimos pasos, me sale al cruce un amigo que hace meses no veía, que vive en Capital Federal, que justo está de viaje relámpago en mardel y que casualmente está cumpliendo años. Estoy feliz por la casualidad, pero el cansancio sigue ahí. A veces la vida se te caga de risa, porque el fortuito encuentro no puede quedar ahí. ¿A qué me pudo haber invitado mi amigo? Y sí, a caminar por la costa, volver sobre mis pasos en dirección a Playa Serena. Al menos, esta última caminata la hacemos por la arena. Sé que mañana, toda esta aventura que me impuse vaya a saber por qué va a doler bastante. Pero me quedo con eso de lo que hablábamos al principio y me pregunto ¿Qué tan pre-histórico habré sido? ¿Me habré escapado un poquito del recorte de la realidad que los dueños del mundo me quieren imponer? Y esta nota semanal ¿cuántas cosas habrá dejado por fuera del punto del recorte que implica mi escritura? ¿Qué efecto habrá logrado, en qué cosa estarás pensando que yo no puedo visualizar?

 

*Alargamiento:

 

90´+3) Al pasar por Chapadmalal, por la residencia presidencial, me di cuenta de que se trata de un lugar semi abandonado, gravemente deteriorado por el descuido y el paso del tiempo. Esto me dispara dos cosas: primero, si este gobierno (me refiero al Nacional y al Provincial) dice que está combatiendo a las “mafias”, ¿qué tan inofensivas pueden ser estas que no fueron capaces de atacar saltando el alambrado – que ya está medio caído – que divide el espacio público del privado en la residencia presidencial de Chapadmalal?. Otra cosa, el presidente y la gobernadora van seguido por ahí: ¿por qué carajos no hacen algo para levantar esa zona?

 

90´+4´) Es verdad que dejé de lado muchos barrios y balnearios, pero la nota no puede extenderse mucho más allá de estos límites por cuestiones de decoro de la página. Igual, como tengo mucho material fotográfico, pienso extender esta experiencia en otros capítulos que incluyan los barrios Playa los lobos, Santa Isabel y El Marquesado, donde abundan las cámaras de bicicleta pinchadas, las cajas de preservativos usados y ese árbol / arbusto con flor amarillenta que no pude averiguar cómo carajos se llama. Sepan disculpar la ignorancia de un buen vecino del Barrio Rivadavia.

 

Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

 

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