Do Rosa

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“Por qué no te vas a vivir a ese pueblito surfero, al sur de Brasil, ¿cómo es que se llama? ¿Playa Rosa?, bueno, ¿praia do Rosa?” “¿Por qué le dicen rosa?, ¿el mar tiene un color distinto?” “¿Viste a lo que se fue el dólar?” “¿Y qué querés que haga?, los bajones se viven todos los días, al que no lo echaron del laburo, no le alcanza para llegar a fin de mes” “Las cosas en el barrio están jodidas. Igual siempre fue así…”

Y frases por el estilo me rodearon esta semana. Para poder aclarar el pensamiento tengo que ordenarme, tengo que poner por escrito algo de lo que me está sucediendo. Porque la escritura es eso y no otra cosa, al menos para mí, ahora, en este reverendo instante. Reverendo me sonó bien, por algún motivo bien lingüístico, de esos que no le importan a nadie. En primer lugar, debo decir que no es tan fácil agarrar las dos o tres cosas que uno tiene y mandarse mudar de prepo a otro país. Entiendo la fantasía, es tentadora pero, hilando fino, tampoco es que en Brasil la situación social es utópica. A lo mejor, en la cabeza de Bolsonaro y sus aliados sí sea un momento especial, bien machirulo, bien patriarcal, bien blanco y heterosexual. No me atrae. En segundo término, Do Rosa es el apellido de un tipo que se hizo famoso en esa zona, nada que ver con el color de la simpática pantera de los dibujos animados. Las playas son realmente hermosas por ahí, tienen unas olas divinas para surfear, pero son del mismo color del agua, lo siento. Respecto al dólar, ví lo que todos: cómo una moneda de un país que no conozco – y que tampoco deseo conocer – se separó de los billetes que me quedan para sobrevivir este fin de mes, un poco más. Y es un fenómeno que vengo sufriendo desde que cobré mi primer sueldo como repartidor de volantes en la zona norte de nuestra amada ciudad. Me daban cinco pesos por repartir cientos de volantes, casa por casa, durante todo el fin de semana. Empecé la carrera 1 a 1 (de casualidad esta semana se cumple otro aniversario de la nefasta política económica parida por Cavallo), hoy estamos como estamos, la casa de apuestas ya ni sabe qué precio ponerle al papelito verde. Y es que eso es, un papelito verde, el de cinco pesos argentos que ganaba yo y el de los yankis ¿Desgracia de mi pueblo? ¿O avivada de los del norte, en algún momento de la historia en el que se aseguraron de que su moneda reinaría como el verdadero y único heredero al trono? Yo recuerdo cuando me echaron de un laburo, era allá por el 2002, estaba en una fiambrería a prueba y no anduve para nada.  No sabía distinguir el salame del fiambrín, y así se hace difícil. Igual le puse empeño, pero con eso no alcanzaba, eran épocas de crisis y……….¡Claro! ¿Cuándo no estuve en época de crisis?

Y acá va mi secreto para no aflojar: un poema. Pero un poema como la expresión cultural que mantiene viva la llama de algo que está dentro mío y desea salir. Porque el arte es socializar, sino se muere en un rincón al que se le suele llamar museo. Aunque las cosas no estén bien, aunque no tengas un mango en el bolsillo, las palabras y las personas están ahí afuera esperando, las sensaciones son hermosas y vale la pena transcribirlas. Y ese momento genuino te digo que vale la pena. Por eso ahí va este humilde y desordenado poema que me surgió un atardecer en un pueblito surfero del sur de Brasil:

 

Do Rosa

Por acá veo dunas a kilómetros,

raro, no hay construcciones altas,

un gallo marca la dirección del viento,

las calles chillan como corderos,

son de arena mojada.

 

Un cielo siempre atento

a los cambios de humor del agua,

y un mar inmenso que camina

con ojotas de espuma,

hacia un espacio alunado que no veo.

 

Las nubes espesas dejan caer sus canas

un fin de tarde con olor a guayaba;

Los surfistas con sus tablas pasan por las trilhas,

hechas de sombra y restos de senderos olvidados;

 

Las olas crecen cuando nadie las ve,

crean un espacio inmenso que,

en su punto máximo, se quiebra

y se transforma en algodón líquido.

 

A veces me mudo con ellas

y los pensamientos me abandonan,

dejando a flote un brote verde

que espero hacer germinar,

para no terminar mis días como esa vaca

que come sin parar, con la cabeza gacha, sumisa,

esperando su hora final.

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