Cruce

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Por Juan M Penino

 

Esto puede ser una historia de mitad de semana, en mitad del día.

Por algún descuido del invierno hacen como veinte grados en pleno agosto, en algún punto del hemisferio sur. La ciudad, o lo que sería solo un cuerpo de ciudad, se reduce a la esquina de Luro y San Juan (ver foto). En ese cruce tan preciso, del lado que pega el sol a esa hora exacta, hay un café o un bar o como se quiera llamar. Dentro, unas cuantas mesas con sus sillas, los consumidores, los dos mozos que atienden simpáticamente, el de la caja y no mucho más. Hay una especie de planta alta bastante acotada, que parece recordar en soledad tiempos mejores ya lejanos. El Tipo que está acomodado contra la ventana, lo más cerca que puede del cruce de las calles, pide un fernet con un tostado para acompañar. Tiene en la mesa desplegada una nota del suplemento cultural de un diario de tirada nacional. Se concentra en un fragmento, que es la transcripción de un libro recién publicado y que se piensa comprar cuando su economía mejore. Lee: “Vengo de la noche con vos. Qué significa. Que vuelvo al abismo. Que caer es un lujo que se dan los que han subido. Que gatear rompe las rodillas y es hermosa esa costra que no termina de sangrar. Porque ahí estuvo tu lengua, materia en discusión. Cuando lame deja de ser tuya. El cuerpo, un atajo para sortear la muerte” *.

Cortó la lectura para mirar hacia las calles y sus veredas. Los cuerpos desfilaban en todas direcciones, con pocas ropas que colgaban de los brazos y las espaldas. Todos cuerpos acalorados por la impiedad del sol del mediodía de un día inesperadamente caluroso. Y pensaba que qué le importaba al día lo que esos cuerpos experimentaban, qué le podía importar a él todo lo demás. Pero algo sentía, era inevitable, era humano. La bebida amarga le activó un sentimiento agradable. El queso derretido del tostado jugó en su paladar y se sintió muy bien. Sin embargo, no podía parar lo que estaba pasando. Los cuerpos desfilaban sin detenerse por las veredas, la gente cruzaba la calle a pie, en los autos, en los colectivos, todos con sus historias y sus cosas y él a una distancia cada vez más enorme, sin poder frenar nada. Agobiado, agachó la cabeza, continuó la lectura ¿Para qué carajos serviría leer? ¿Para qué mierda escribir? Tal vez era como respirar, algo que le salía mecánicamente, que no podía asegurar que le fascinara, pero que lo sentía como una actividad vital. Como comer ese tostado o disfrutar de ese fernet ¿Para qué servía todo lo que uno hacía? ¿Para qué existía el mediodía? ¿Por qué todos mirando hacia la tele al presidente de turno mentir a la cámara, con ese mismo movimiento mecánico impensado, que sale tan natural? Todo se le hacía inevitable. Quería frenar las cosas, poner una pausa, tomar a esa mujer de la calle para decirle “Hola, te amo, ¿no me querés decír tu nombre?”**

O en una de esas ponerse de pie y tirar el vaso vacío contra la puta pantalla gigante siempre puesta en el canal de noticias de siempre. Con sus presentadores de noticias vestidos tan formales, grises, con sus falsas sonrisas de propaganda de dentífrico…y sí, mejor alguien de los que caminan por la calle, sucios del polvo y la contaminación, ellos tenían las noticias de verdad. Es más, con solo ver los rostros ya estaba todo el resumen del año ¿y para qué carajos engañarse? ¿Cuál es la gracia de ese juego siniestro? ¿Será que la escritura para él…? No, imposible. Por más mentirosa que sea la escritura también estaba sucia, no tenía nada que ver con esos destellos forzados de la televisión. ¿Sería aquella esquina un fragmento de alguna realidad? ¿La realidad podía contener esa velocidad, esa cantidad de gente sin poderse detener? ¿Cómo contarla entonces? ¿Cómo no engañar? ¿Cómo puede existir un texto transparente? No, no existe. O es mentira, ficción. “Hola, te amo, dejame entrar en tu juego”**

Terminó su pausa de mediodía, de mitad de semana. El viento sur comenzaba a recuperar terreno. El invierno volvía de a poco. Los buzos y las camperas recuperaban sentido. Los analistas se reunían alrededor de bebidas calientes y negras para cranear el próximo golpe, la siguiente movida para sobrevivir. Porque de eso se trata, de encontrarle la manera de darle un sentido al cruce de dos calles para sentir que hay una dirección, una manera de avanzar hacia algún lado. Él no veía nada de eso ¿Pero a quién le puede importar? Si lo escribía estaba perdido para siempre. Tal vez eso mismo era la escritura, un espacio estrecho en el cual filtrarse y romper la realidad, o al menos ponerla patas para arriba. O aunque sea lograr ese extrañamiento por un instante. Ojalá, pensaba, pudiera transmitir esa sensación de pérdida del centro por una milésima de segundo…

Molestar a tu existencia tan segura durante, al menos, un parpadeo. Después podés volver a ponerte el buzo porque es invierno, podés volver a decirme que soy un perfecto idiota y tener razón. Yo me quedo acá, con las migas del tostado, con las gotas del fernet. Llegará la tarde, el sol se esconderá por la 226, luego la noche traerá el frío y él / yo estaremos todavía acá, en esta misma mesa, en esta exacta posición, contemplando el cruce de Luro y San Juan. Menos gente pasará caminando, más extraños se volverán los pasos. Otro universo saldrá a escena. Las almas perdidas, las olvidadas y aquellos que no pueden dormir habitaremos el nuevo espacio. A lo mejor quiera volver a pararte, hacerte la misma pregunta, tu nombre. No creo que te diga que te amo, ya sabés que la noche me endurece el alma. La escritura ahora sí que tendrá sentido, porque entiende mejor ese espacio lunar, misterioso, peligroso. Es capaz de captar las sombras y las miradas esquivas, reconstruir las tramas que siempre son secretas por estas horas de la madrugada…Y ya va siendo hora de que salga el sol, que no lo voy a ver porque estará apoyado en el mar, distante.

 

Decenas de sobrevivientes del miércoles caminan en todas direcciones,

quién sabe a dónde van a esconder sus penas.

No sé qué hacer, tengo miedo de salir del bar / café y que el mundo no exista más.

O peor, que tal vez haya cambiado tanto que me obligue a marchar quién sabe dónde.

Mejor no me levanto, mejor sigo acá imaginando una historia que nunca voy a contar,

esperando por un nuevo y gastado mediodía en el que en una de esas te cruce,

para ahí sí salir y que las palabras cobren sentido,

una vez más.

 

 

  • Los fragmentos citados pertenecen a:

*Los que vienen de la noche (Guillermo Saccomanno / Fernanda García Lao)

**Hello, I love you (The doors)

 

  • Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar / Facebook: Juan Mnp

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