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Opinión

A ciegas

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Por Juan M Penino y Cristian R Habarna

 

Comencemos con la comparación directa entre la película Bird Box y la realidad política mundial: En el film, sobreviene un apocalipsis provocado por una especie de fuerza superior que controla las reacciones de las personas, que no pueden evitar suicidarse. En nuestro tiempo histórico podría ser que ese virus – o monstruo o espíritu maligno o lo que fuere – estuviese haciendo que todas las personas del mundo se volcasen a votar con desesperación a los peores candidatos que existen. Desde Donald Trump hasta Bolsonaro, pasando por Macri, Arroyo y ahora…el final más tonto de la historia, como si la película de Sandra Bullock no hubiese sido lo suficientemente boba: es posible que en Argentina sea presidente el diputado Olmedo.

Y más que un virus es como eso de lo inevitable de la tragedia, eso que se siente y que es imposible de frenar. La profecía autocumplida, el Apocalipsis autoinfligido. Porque, en el fondo, todos somos masoquistas, aunque de diverso grado y profundidad. En algún punto de nuestro más retorcido deseo está esa sensación de que el peor de los escenarios se va a dar, y no hay manera de frenarlo. Ahora lo difícil es buscar explicaciones, motivos, causas por las cuales un conjunto numeroso de adultos responsables puede llegar a poner en manos de seres caricaturescos y esperpénticos el futuro de una sociedad. Acá es donde funciona a la perfección el argumento de la película Bird box: a ciegas: La explicación ideal es que no hay explicación. En el film la gente, misteriosamente y sin motivo aparente, comienza a suicidarse en masa. Además, parece ir contagiándose entre sí, como si el solo hecho de ver la cara de algún Kurt Cobain provocara el deseo irrefrenable de volarte la cabeza de un escopetazo. Por eso es que aquellos que quieren sobrevivir deben colocarse una venda en los ojos y desempeñarse en el mundo a ciegas.

Los riesgos de estar a ciegas en un mundo cada vez más visual, gobernado por aparatos exclusivamente visuales: Una primera conclusión sería que estamos totalmente perdidos. En una segunda lectura más compasiva, siguiendo el argumento de la película y la trama de la historia actual en la ciudad, el país y el mundo, la ceguera física resultaría un beneficio, ya que alejaría a las personas de los efectos nocivos de los medios de (in)comunicación – en la película sería ese espíritu o monstruo despiadado -. Por eso es conveniente empezar a encarar las elecciones 2019 con una buena venda reforzada cubriéndonos los ojos de la cantidad de candidates impresentables, que meten fichas en la ranura miserable de la alcancía de los corruptibles medios de (in)comunicación, que no tienen reparos en transformar políticos descartables en salvadores inevitables de la nación. Cuidado entonces, es mejor seguir remando con Sandra Bullock, contra la corriente y sin mirar el horizonte, tratando de esquivar las tremendas rocas que se nos presentan en el camino.

Y muy al igual que en la película llega el momento crucial: alguien tiene que aflojarse la venda y mirar por el resto, aún sabiendo que en eso se le va a ir la vida. Porque estoy seguro que mirar de lleno la realidad política actual – no la mediática, sino la verdadera verdadera – es idéntico a estar en el mundo apocalíptico junto a Sabndra Bullock, que ya cansada de remar contra corriente, agotada de sostener sobre sus hombros una película poco potable, te pide por favor que te sacrifiques por todes y pegues una miradita a qué es lo que está pasando allá afuera, aunque duela mucho y cueste horrores. Eso de salir de uno y salirse hacia el otro, que tiene sus consecuencias irremediables pero que es la única forma que conocemos para seguir adelante sin continuar tropezando con las mismas pesadas piedras, que nos bloquean el camino. ¿Y al final? Habrá más ciegos y ciegas construyendo una ciudad mejor, y no esos seres monstruosos que de tanto ver perdieron el rumbo y, sobre todo, se dejaron los corazones tirados al costado del camino.

Un desagravio: la película Bird box no me parece tan terrible como la pintaron algunos críticos de cine. Si bien no es una maravilla, tampoco está para tirarla a la basura tan categóricamente.

Un agravio: sinceramente, ver al actual intendente de la ciudad departiendo con el diputado Olmedo me hizo vomitar los ojos, si eso es posible. Pero, pensándolo mejor, resulta algo tan natural como que Macri siga insistiendo con eso de que “no hay otro camino” más que esta caída en picada a la que nos condenó desde que asumió la presidencia. No se me ocurren conductores más terribles que Sandra Bullok y Mauricio Macri. Pero, lamentablemente, el argentino no está en una película. O tal vez sí, ojalá que sí, y que estemos transcurriendo la parte final de un insostenible bodrio neoliberal, la tercera parte de una saga olvidable.

 

*Alargamiento: esta nota iba a concluir acá pero resulta que acabo de ver el famoso video de “Chimuelo”. Ya saben mejor que yo, el pibe cantando un tema fúnebre para su pequeño pajarito mientras lo entierra en lo que parece ser el patio de su casa. El momento tragicómico se completa cuando el perro se acerca a la ceremonia para masticar el cadáver del pobre Chimuelo. El niño lucha con el can para arrancarle de los dientes los restos de pájaro y lo logra. Pero claro, lo que le queda por enterrar es una cosa verdosa llena de baba y toda magullada: el fin de Chimuelo. Se me ocurre una comparación más fácil que la de Bir box, pero prefiero no meterme en el asunto. Lo que sí, no salgo de mi asombro y vuelvo a repetir, tal vez, lo mejor que nos pueda pasar sea vivir con una venda en los ojos.

 

Agradecimiento especial por la foto trucada – o foto montaje – : Cristian Román «Chimuelo» Habarna.

Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

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Visita en la clínica

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Hay una ciudad en el aire,

Una ciudad casi invisible suspensa,

Cuyos vagos perfiles

Sobre la clara noche transparentan,

Como las rayas de agua en un pliego,

Su cristalización poliédrica.

Una ciudad tan lejana,

Que angustia con su absurda presencia

                                                    (Leopoldo Lugones “La blanca soledad”)

 

Había llegado a horario. En el mensaje de guasap estaba bien claro: “la terapia tiene horario de visita bien restringido, a la tarde, es de 19:30 a 20, no te cuelgues” Y no se había colgado, había estado pensando en su hermano de la vida todo el día, pasa que el momento de acercarse para verlo ahí, en ese lugar tan poco apropiado, lo tenía tenso y con miedo. ¿Miedo? Algo así, porque verlo en tan mal estado, a su hermano de la vida, era como verse a sí mismo en un espejo, y eso no sabía cómo iba a poder sobrellevarlo. Entró en la clínica, un guardia con cara de aburrimiento e indiferencia lo recibió y le señaló el lugar de espera para familiares y amigos de les enfermes. Era un reducto cuadrangular, con cinco hileras de seis sillas incómodas pegadas en continuado, apuntando todas hacia una pared, que tenía un cartel que rogaba silencio y respeto al horario de visita, y un televisor de cuarenta pulgadas, que pasaba partidos de tenis sobre polvo de ladrillo, de jugadores completamente ignotos. Reconoció a la mujer de su hermano de la vida, que estaba sentada esperando, con cara de cansancio y preocupación, el rostro de los que aguardan un cambio de suerte. La saludó y se sentó al lado. Ella le contó cómo iba la situación, lo que le había dicho el doctor, cómo seguía la evolución del paciente y cómo estaban de ánimo los dos. Él la contuvo como pudo, trató de darle todas las esperanzas sin saber qué estaba pasando a ciencia cierta. Cada rato quedaban en silencio mirando a los tenistas correr y patinar en el polvo del ladrillo de la televisión, devolviendo la pelotita amarilla de un lado al otro de la red. Él pensó que los tenistas sabían que los estaban viendo desde una sala de espera en una clínica, y que por eso sostenían constantemente rostros serios. Hasta los espectadores ponchados por las cámaras de la transmisión televisiva, parecían saber quiénes los miraban, porque apenas si hacían alguna mueca muy recatada, para mostrar algo de empatía para con alguna jugada bien resuelta. Era como estar en un teatro, pero directo en el escenario, toda una farsa montada para el momento del ingreso a la terapia intensiva. El ansiado y complejo instante llegó para él, las siete y media de la tarde. Fuera, ya no quedaba luz natural y los horizontes se habían perdido en opuestas direcciones, todos al mismo tiempo. El mar, con su ruido de espuma y sal, completaba la banda sonora del fin de la jornada en la ciudad (in)feliz. Se limpió las manos, como le habían indicado, con un recipiente de alcohol en gel. Se dirigió a la habitación donde estaba su hermano de la vida, pero alguien le interrumpió el camino, con una voz animada que rompió el silencio hospitalario:

  • ¡Juancito! ¿Qué hacés acá?

Se dio vuelta hacia la habitación 103. Allí reconoció a un viejo amigo, que hacía mucho no veía, y que estaba sentado en una camilla, conectado con unos cables a un aparato de esos de terapia intensiva. Lo saludó sin saber mucho cómo reaccionar. Le preguntó en voz baja por qué estaba ahí, y se enteró que ese viejo amigo había tenido un infarto, que el corazón le había fallado, que mucha mala sangre, que la ciudad se lo estaba devorando, que una tarde no aguantó, que fue demasiado para él ver muerto a su gato en la puerta de la casa. Él lo lamentó mucho y le explicó que estaba allí porque su hermano de la vida había enfermado.

  • ¿En serio? Mierda, somos una generación hecha pelota. Menos mal que vos, todavía, andás bien.

No supo qué decir. Pensó que su camino era el mismo, que estaba más cerca de lo que pensaba de estar tirado en una camilla conectado a los aparatos hospitalarios, rezando por poder ir al baño y cagar por sus propios medios, contando los minutos, como un preso, para que llegase la comida de la noche, el desayuno y el almuerzo.

Como sea, continuó hacia la habitación 105, donde aguardaba su hermano de la vida, con el alma y el cuerpo enfermos, cansados. Llegó a la puerta, que estaba cerrada, golpeó despacito y un hilo de voz casi desvanecida le respondió “pasá”. Asomó primero la cabeza, luego saludó con voz baja y suave. Metió el cuerpo entero en la habitación y se acercó a la cama, esquivando aparatos. Su hermano de la vida estaba allí, tratando con todas las fuerzas – que eran muy pocas – de dibujar una sonrisa en su rostro enflaquecido y empalidecido por la enfermedad. “Qué hacés pichón”, escuchó que lo saludaba como siempre. No estuvo seguro de que el saludo lo hubiese podido pronunciar entero, pero no hizo falta. Era su hermano de la vida, lo entendía con solo un gesto, un movimiento. El cuerpo del enfermo estaba como aplastado, como si la gravedad se aprovechase de la debilidad y fuese mucho más severa con él. Entre las sábanas asomaban los cables que conectaban al cuerpo con eso otro externo, esas máquinas inexpresivas, que no entendía. Tomó su mano y lo saludó otra vez, quiso sonreír, nunca supo si pudo. Comenzó a decir una catarata de pavadas, como para dar ánimo. Deseó que lo que quedaba de su energía se traspasase a su hermano de la vida, porque lo quería ver otra vez sonriendo con ganas, contando anécdotas, chistes, tomando una birra y jugando a la pelota. Todo lo que estaba tan lejos de la enfermedad, de los aparatos de terapia, de las sábanas blancas – tan blancas -, de la sala de espera, del guardia con cara larga, de las sillas incómodas, del partido de tenis en la tele, del alcohol en gel…

Repentinamente, el tiempo de visita se había terminado. Una madre despedía a su hija en la cama de al lado. La muchacha dormía por efecto de la morfina, había un dolor muy grande en el aire. Él contuvo un par de lágrimas que lo venían amenazando hacía días, no quería mostrarlas en ese momento, no debía. Volvió a tomar la mano de su hermano de la vida, le dijo que todo iba a salir bien y que se cuidara, que en unos meses estarían los dos brindando y hablando de River y del Muñeco Gallardo y de cualquier cosa, lo más alejados que pudieran de esa situación, que ya sería un vago recuerdo. Se refugiaron en el futuro, los dos. Él se fue, saludó a los demás visitantes y salió del espacio clínica rumbo a la parada del colectivo. Pensó en la ciudad, ya de noche. En sus habitantes que se le hacían cada vez más lejanos, en las luchas vanas por cualquier cosa, en el frío y los largos inviernos, en los desencuentros, en los viejos resentimientos, en el amor trunco, en la vida, en la muerte…Todo le pareció mentira, demasiado poco para ser realidad. Caminó por la costa al bajarse del micro. Contempló la blanca luna que se reflejaba en el mar, como nadando en la fría noche. No entendió tanta distancia, ¿por qué había aparecido? ¿Por qué sentía una lejanía tan grande con aquel lugar, con cada uno de sus espacios, con sus habitantes? Llegó al departamento exhausto. Antes de acostarse, chequeó en internet los resultados de los partidos de tenis del día, en el polvo de ladrillo. El tenista que se suponía que iba a ganar, lo había logrado en sets corridos: 6-3, 6-4, 6-2. En la foto, el ganador, apenas si sonreía.

 

*Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

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Personajes fantásticos y dónde encontrarlos

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Hay personajes que son imprescindibles en la historia, hay otros que bien podrían no estar. Esta semana en la ciudad (in)feliz reapareció uno de estos que se ubican en el segundo grupo. Hizo uno de esos comentarios desagradables que acostumbra a compartir con sus seres queridos, a los que tortura con su presencia todos los domingos en los almuerzos familiares. Y levantó polvareda, porque es así, les marplatenses más famoses son les que dicen las pavadas más extravagantes. Es la manera correcta de lanzarse a la arena pública: decir una boludez. Yo lo intento seguido y logro una repercusión interesante en el chino del Barrio Rivadavia, donde ya me conocen y saben que lo hago para tratar de llamar la atención, sacar alguna sonrisa y – con mucha suerte y viento a favor – un pequeñísimo descuento en algún producto, del insólito programa fantasma precios esenciales. Ahora vamos a la frase que utilizó el Dr. White para hacerse tristemente célebre esta semana, y alcanzar envergadura nacional en los diarios porteños: “¿No tenés obra social o te gastás la guita en choripanes?” Siendo Secretario de salud – y ser humano con dos dedos de frente -, la frase es desatinada y muy ofensiva para con el vecino al que agravió por una red social. Pero no es la intención de esta nota quedarse con el análisis de las pavadas que hace el Dr. en sus horas libres – imagino que desde ese genial consultorio que tiene en uno de los barrios más chetos de la ciudad – sino, más bien, repasar algunos personajes que tenemos como incorporados en la vida, pero que mejor sería que no. Lo primero, entonces, es advertir que en la ciudad, nuestra Twin Peaks, tenemos mejores voceros que Dr. White, que no nos representa para nada, aunque ocupe un cargo público en la actualidad. Hace tiempo, también había comparado a una mujer en situación de calle con un perro, en fin. Hasta acá con este personaje que sería mejor dar de baja esta temporada.

Otro de esos personajes, en este caso sería como uno de los más malos de la serie, es el deshonroso juez Hooft, eterno defensor de los peores criminales de la dictadura cívico militar, edición 1976 (la más sangrienta y cruel). Resulta que esta semana, el gobierno lo propuso como candidato a Juez Federal en la ciudad. Por suerte no hubo quórum, pero el solo hecho de que lo sigan apuntando para un cargo tan importante, bueno, habla a las claras de que hay guionistas de los peores ocupando la Casa Rosada.

Y como si fuera poco, la realidad se impone a la ficción. Esta semana se estrenó la tercera temporada de El cuento de la criada, esa distopía en tono feminista que creara la genial escritora canadiense Margaret Atwood en 1985, y que recién ahora consigue el merecido reconocimiento. Pero lo sucedido en la Capital del país no tiene que ver con la oscura y súper nazi Gilead imaginada por Margaret en su novela, sino con nuestra Argentina de hoy. Resulta que también esta semana, comenzó el juicio contra una mujer acusada de haber besado a su novia en la estación de Constitución, o sea castigada por ser lesbiana. Justo en la semana de la marcha de “Ni una menos”, la marcha que nos interpela como sociedad para que hagamos el esfuerzo necesario por ser mejores humanes, más comprensives, más amables, menos ortivas y asesinos. Pero bueno, todavía hay que enfrentar estas injusticias. Recomiendo poner la lupa sobre esta tercera temporada de El cuento de la criada y evaporar los prejuicios de nuestros cuerpos y corazones.

Toda serie tiene su institución maldita, o debería tenerla. En nuestro caso no hay duda de que es el Fondo Monetario Internacional, que opera (ya no tanto) desde las sombras como el mal mayor, quien retiene el máximo poder en el país. Pero hay personajes importantes en la serie nuestra de cada día, que todavía no se dan cuenta de cómo debería ser una buena cooperación de un organismo internacional. Para elles van estos siguientes puntos a considerar: 1) Cuando no pretenden dirigir y controlar el proceso 2) Trabajan con equipos de la propia nación a la que ayudan 3) El objetivo es que el país “ayudado” sea el que construya la propuesta 4) Asume que el proyecto es del país 5) Deja capacidades instaladas 6) Da ejemplos de aquello que predica 7) Mantiene perfil bajo y baja visibilidad 8) Rinde cuentas ante el país al que está ayudando 9) Se responsabiliza de sus errores, aprende y se rectifica 10) Coopera para el desarrollo del país 11) Trabaja expresamente para volverse prescindible, no para perpetuar la dependencia. Estos puntos no los inventé yo, sino que los tomo de Rosa María Torres, una pedagoga, lingüista, comunicadora y activista social ecuatoriana. Ahora, preguntémonos juntos ¿Cuántos de estos puntos de buena cooperación internacional cumple el FMI? Insisto, gran villano de nuestra serie diaria.

Hay algo que me gusta mucho, casi como a todo el mundo, y es ver series de suspenso. Sobre todo, las que más consumo son las que tienen a un pueblo o pequeña ciudad como protagonista. La insuperable para mí es Twin Peaks, pero ya la ví demasiadas veces, tengo que seguir adelante. Ahora, me estoy poniendo al día con otra que se llama Riverdale, que tiene un tono parecido a la icónica serie de David Lynch, pero que es un poco más goma, más adolescente. Sin embargo, está esa misma cuestión del territorio maldito, el lugar tranquilo donde uno habita y que pensó que era el más seguro del mundo, que esconde cosas que mejor no querría saber. Entonces hay historias oscuras, seres horripilantes que aniquilan la idea de lugar perfecto, que destruyen la inocencia de les adolescentes, que se van volviendo tan oscuros como el bosque y el río que siempre están bordeando al pueblo y esconden algún cadáver. Primero les inocentes pibes se pierden en peleas bobas de secundaria yanqui, uno de ellos muere asesinado, después se empiezan a enterar de los secretos tremendos de sus padres, luego pasan a investigar crímenes y a ponerse en peligro, para después volverse cómplices e instigadores de todo eso oscuro que les amenazaba en un principio. Y en eso estaba, el miércoles por la noche, con un poco de frío en el Bernardino Rivadavia, y el nuevo video de Bándalos chinos de fondo – que dejo al final de la nota, para que vean qué onda – y una birra siempre al lado, con todas estas cosas en la cabeza, pensando que un poco todos los terruños son así, todos los lugares tienen sus personajes y sus historias ocultas. Nosotres, como en las series, empezamos bien inocentes y aferrados a creencias y costumbres que después, inevitablemente, se irán transformando. Se entiende y es así y no necesariamente todo cambio es malo. Pero debemos ser conscientes de ese lado que no nos gusta, y que siempre va a estar ahí, conviviendo con nosotres, encarnado en esos personajes que por desgracia son más reales que cualquier intento imaginativo de guionista de Netflix.

Hoy terminamos el episodio acá, con un avance para el que viene: habrá buenas noticias de un viejo amigo, habrá historias de hospital y algún análisis político sobre las encuestas y demás cuestiones. Seguiremos recomendando cosas, leyendo y compartiendo poesía. Todo, por supuesto, desde el cruce de las veredas en Francia y Castelli, en pleno otoño, esperando por el invierno esclarecedor…

*Una recomendación más: el sábado 8 de junio a las 17 hs, en el Espacio Cultural Bronzini (Rivadavia 3422), la escritora marplatense María José Sánchez presenta su tercer libro de poesía «Que venga». Quedan todes invitades a pasar un lindo momento con la autora y sus versos.

*Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

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Cuatro relatos, un poema y algunas observaciones desde el barrio

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Si nos vamos a dejar llevar por el mercado y sus caminos con auspicio, estamos condenados a la muerte cultural. Algo así, palabra más palabra menos, escuché decir a alguien, el otro día, en el supermercado. ¿No me creés? Está bien, pero puede ser que te pase algo similar en cualquier instante de tu vida, si prestás atención. No todo sucede por las aplicaciones del celular, esa es otra de esas verdades barriales que también llegó a mis oídos, directo desde la vereda de alguna calle en el barrio Bernardino Rivadavia. Obvio que hay un montón de otras frases que sí son intranscribibles, como esta: «andate a cagar gato, que te chupe la pija tu viejo». En definitiva, no hay jerarquía y todas las voces nos conforman. Y cuando hilvanamos varias frases juntas, con un sentido argumental, tenemos lo que yo llamaría una historia. Y si estamos parados en la esquina de Francia y Castelli, una fría tarde de otoño en la ciudad de Mar del Plata / Batán, bueno, podemos decir que hay un pedacito de identidad, que forma parte de la cultura, que vale la pena intentar contarla por el solo hecho de que algunas voces cercanas se escuchen, un cachito más al menos:

  • Un joven se acerca a la playa para observar el mar. No aguanta las ganas de surfear, pero no hay una puta ola. Un viejo lo advierte, sale de la casilla de guardavidas, que es su casa en invierno, y le pregunta si no le podría dar un paquete de algo: yerba, fideos, lo que sea. Se conocen de vista, de habitar el mismo territorio. El joven lo saluda y le dice que sí, que tiene un paquete de yerba, que en cinco minutos se lo alcanza, vive cerca. Cuando regresa, el viejo lo espera sentado en la arena. La postal es otoñal y muy solitaria. Mucha gente pasa caminando por arriba, por la vereda, pocos se acercan a la arena, como si fuese suelo prohibido. El joven se sienta al lado del viejo, le da el paquete y le pregunta por qué vive en la playa, por qué no va a uno de esos centros para gente en situación de calle. El viejo no lo mira, sigue con su vista metida en el mar, le contesta que para qué, de qué le va a servir eso, si el desprecio va a seguir ahí carcomiendo su alma hasta que un buen día…

  • Una piba sale del cine en el intervalo, acaba de ver una de esas películas de súper héroes y heroínas. Se va hasta el quiosquito, pide un café. La amiga la sigue detrás, le pregunta qué le pareció la película hasta ahí. Con el café en la mano, le contesta que una mierda, que siempre es la misma historia, que por más que haya extraterrestres y viajen por el universo entero resulta que siempre hablan yanqui, y hacen chistes como los yanquis y solucionan los problemas como los yanquis creen que solucionan los problemas. La amiga la mira con cara de fastidio, porque ve que no está dispuesta a relajarse un poco, ni en el cine. ¿Y quién te dijo que el cine sirve para dejar de ser humano?

  • Un tipo entra a robar en un comercio de barrio. Quien atiende le explica que no tiene dinero, que no vendió nada en toda la mañana. El tipo con el arma en la mano se lamenta, toma un par de cosas que imagina importantes, le sustrae el celular y se va. Los dos piensan que es un mal día en el barrio. ¡Me cago en Dios!

  • A lo lejos vienen andando en bicicleta dos personas mayores de cincuenta, por el camino asfáltico del parque Camet. Una le cuenta a la otra que hace añares, cuando tenía catorce más o menos, su padre lo llevaba allí a jugar a los juegos, cuando había juegos, y a montar a caballo. Era el único instante que recordaba de su infancia / adolescencia en el que veía a su padre feliz. No era un tipo muy comunicativo, pero qué se yo, cuando caminaba por el parque, como que la cara se le transformaba. Hasta parecía un buen tipo, te juro…. La otra persona que escuchó la historia, sin dejar de pedalear, se enterneció y contó la suya que, palabras más, palabras menos, dice así:

La llevaron dos hermanas, un mediodía de otoño.

Hacía frío, pero no había viento en la costa.

Bajaron a la playa, ella en el medio, asombrada,

apenas reparó en un hombre que venía delante,

que la miró soñando con alguna señal.

Ella estaba conmocionada, caían lágrimas de sus ojos.

El mar estaba ahí, más azulado que nunca.

Recordó su adolescencia pasada:

“Yo tenía catorce años, me acuerdo como si estuviese pasando ahora.

Él no me quería, pero cuando me llevaba a la playa

parecía el hombre más feliz del mundo.

Yo, corría tras las olas, con mi hermano más chico.

Parece la vida de otras personas, y es un recuerdo mío”

Las hermanas evitaron mirarla,

cualquier acontecimiento previo

a la vida en el monasterio

no tenía sentido para su mezquino Dios.

Pero ese vaivén de espuma azul y blanca,

la hizo recordar,

tuvo la certeza de que si existía un Dios,

estaba en la arena,

en el pasado,

con su recuerdo.

Lo demás, solo espuma estancada

en las escolleras, un mediodía

frío,

en la playa.

 

De alguna forma todos los relatos se unen porque, aunque no parezca, estamos juntes y somos iguales. Transitamos el mismo espacio, comprendemos los símbolos que sabemos manipular y formamos parte del mismo tiempo. Solo que, a veces, nos dejamos olvidar.

Para todo lo demás, están las industrias culturales.

 

Hoy escuchamos:

*Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

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